La historia en breve

Yo no tengo la culpa de mi cara

De los tuits que recibimos ayer después de la entrevista con Cuauhtémoc Gutiérrez, me quedo con este, por ilustrativo: “Solo con la cara del gordo ese se da uno cuenta de la ficha que es”.

Cuauhtémoc, el depuesto líder del PRI en el DF por un escándalo que los medios nombran ya “red de prostitución”, parece salido del mejor casting de malditos. No sé si lo sea. Nunca lo había visto ni le presté atención a sus escándalos. Pero de que parece malo, ni duda.

No debe sorprender entonces que la grada sentenciara de inmediato a un personaje que era absolutamente marginal hasta el miércoles. Los mismos que imploran el debido proceso, lo condenaron ipso facto. Quienes pregonan el rigor periodístico, lo tildaron de basura. Políticos que han sufrido la calumnia, como Manlio Fabio Beltrones, bajaron el pulgar con esta frase: “Lo presentado parece ser a simple vista muy contundente”. Enemigos jurados del clasismo se dijeron asqueados ante un ser tan maloliente.

“Yo no tengo culpa de mi cara”, dijo Cuauhtémoc en el un momento de la entrevista donde juró tres veces que todo es falso y calumnioso. Y que no se lo merece.

Quizá sea un criminal, un hostigador, un abusador, no lo sé. Pero si a los señalamientos se suma que es un gordo feo que viene del mundo de los pepenadores, está perdido.

Bien dice el filósofo alemán-coreano Byun-Chul Han que una parte de las demandas de presunta justicia y transparencia de hoy no surgen de ciudadanos comprometidos, sino de espectadores y consumidores pasivos que solo reclaman y se quejan. Que descalifican en automático y escandalizan.

La llama democracia del espectador. Y es deplorable. Y antiestética.