La historia en breve

Viejo cobarde, pederasta y ratero

Hacía tiempo que no escuchaba palabras tan arrebatadas como las del padre Goyo de Apatzingán, una ametralladora de adjetivos y acusaciones.

Quizá en otra circunstancia me habría fascinado y seguramente le iría dando la razón en cada afirmación. No fue lo que me ocurrió ayer. El padre Gregorio López se presenta como líder y voz de un movimiento genuinamente popular que ha consumado la hazaña de expulsar de la ciudad a los criminales. Y como un paladín dispuesto a batirse en duelo contra el malo, el presidente municipal Uriel Chávez.

Disparó el padre Goyo:

• Uriel es responsable de 300 muertes que él palomeó para que los Templarios se los llevaran al cerro.

• El pueblo está reclamando a sus deudos para una sepultura.

• El pueblo ha forjado 800 policías de barrio.

• Nadie del cabildo está ya con Uriel.

• A cada trabajador, él le quita 15 por ciento de su sueldo.

No hay filosofía en sus frases. Ni siquiera rastras de la pasada de moda teología de la liberación. Su raciocinio de western michoacano es ojo por ojo. Y no oculta que está furioso porque Uriel lo llamó viejo cobarde, pederasta y ratero. ¡Que me lo pruebe, así sea con chismes!, retumbaba el padre Goyo.

Tuvo respuesta para cada pregunta, excepto para la del derrocamiento. Porque eso fue lo que Gregorio y las autodefensas consumaron el lunes en Apatzingán. Quitaron por la fuerza a un gobierno formal, legal.

No sé si Uriel es un templario, como Goyo y muchos aseguran. Pero que lo del lunes fue un derrocamiento trajeado de Fuenteovejuna, ni duda.

Un derrocamiento escoltado por el gobierno federal.