Francotirador

De transiciones pactadas y escenarios peores

Concretar alianzas políticas en sí mismo no debe considerarse malo. La política misma es una vía para resolver conflictos y atender problemas públicos a través del diálogo y la negociación.

Muchas veces se tienen que tomar acuerdos con personajes quizá no muy afines con lo que uno comulga, pero el pacto puede acotarse a solo ciertos aspectos específicos, pero siempre, siempre, se debe valorar el costo-beneficio de una decisión de ese tamaño, porque en ello se puede ir la poca o mucha reputación que tenga alguno o todos los participantes en la alianza política (si es nula, ¿ya qué perdemos? dirán algunos).

La decisión de conformar una alianza generalmente es por una de dos causas: por abierta y amplia conveniencia o porque ya no hay otra salida.

Por eso no debe extrañar que a nivel nacional avance ese frente opositor que impulsan las dirigencias nacionales del PAN, PRD y Movimiento Ciudadano, porque a los tres les conviene postular a alguien que pueda dar pelea en la carrera por la presidencia de México: no les quedaba otra si querían ser competitivos ya que ninguno de sus decenas de aspirantes presidenciales podría hacer un papel medianamente protagónico. (La ideología y los estatutos de los partidos –sabemos- ya quedaron desde hace muchos años como las tesis: como un requisito a cumplir para obtener el título o el registro, pero una vez aprobado se van al archivo muerto o a emparejar la pata de algún mueble cojo).

Sin embargo, toda alianza que se respete debe explicar las razones del acuerdo; cuando no se explica entran las dudas y más si la negociación se hizo en secreto o no se reconoce por sus participantes, y mucho más si los aliados son partes que estuvieron franca e históricamente encontradas, pero por más que la oculten, los hechos evidenciarán los verdaderos intereses y proyectos de los que se han aliado.

De allí las conclusiones a las que llegó recientemente el diputado independiente Pedro Kumamoto y que apenas el jueves externó el dirigente nacional de Morena, Andrés Manuel López Obrador (pero que desde hace meses se avizoraban): un extraño entendimiento entre el gobernador priista Aristóteles Sandoval y el alcalde emecista Enrique Alfaro.

El derrocamiento de la anterior mesa directiva del Congreso local que encabezaba el panista Miguel Ángel Monraz, confirmaría el idilio MC-PRI.

A Alfaro no le daba dividendos pelearse abiertamente con Aristóteles, y al gabinete estatal de poco le servía atacar a Alfaro. ¿Entonces, para qué pelear?

Hace poco más de dos meses –cuentan- hubo una reunión en la Ciudad de México a la que fueron convocados solo los más altos funcionarios del PRI en Jalisco, y en la que se perfilaron cómo sería el reparto de las candidaturas en la entidad con miras a 2018.

De los lineamientos generales habría salido una lectura local en el sentido de que no hay posibilidad alguna para quedar a salvo de una eventual cacería de brujas aún si ganara el PRI en Jalisco, lo cual se ve difícil, y prácticamente imposible que ocurra a nivel federal.

El nulo entendimiento entre el equipo de Aristóteles y el que se perfila como posible candidato a la gubernatura, Arturo Zamora, habría llevado a los primeros a jugársela en un acuerdo con el eterno adversario. Si no aceptan que hay una transición pactada, los hechos indican lo contrario.

Aquí la causa principal sería como la del desahuciado que busca salvarse de un final trágico, como el que han tenido los últimos gobernantes que han dejado sus cargos. ¿Será suficiente razón para pactar una rendición con cara de acuerdo político?

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