Francotirador

Talión tapatío: ¿Regresión efectiva?

Hace unos pocos días, los padres de una muy estimada amiga sufrieron un robo en su casa, lo cual podría ser uno más, del montón, de esos que las pomposas comisarías de seguridad o las petulantes fiscalías las añaden cómodamente a su base de estadísticas, pero que no evitan ni esclarecen como debieran.

Lo singular para mí de este caso es que la vivienda contaba con medidas de seguridad superiores a las del común y que por el modo de operar, se evidencia que los delincuentes estuvieron vigilando los movimientos de la familia por días para atacar en el momento más vulnerable.

En cuestión quizá de días, de estudiar a sus víctimas, los hampones se llevaron el patrimonio que una familia forjó con trabajo y tiempo.

Si estos delincuentes fueran detenidos –por chiripazo o por algún extraordinario trabajo policial- ¿qué les pasaría? ¿los refundirían en la cárcel por años para que aprendan a no tomar lo ajeno? ¿se impediría que siguieran delinquiendo? Pues no.

Lo que ha pasado en los últimos meses es que los ladrones aprehendidos, incluso en flagrancia, salen a las horas para seguir el proceso en libertad. Eso pasó con el famoso Kevin, sujeto que la policía de Tlajomulco acreditó que lo había detenido al menos 10 veces y se lo volvían a topar una y otra vez robando.

Estos casos se ha acentuado con la entrada en vigor del nuevo sistema de justicia adversarial, conocido como los juicios orales, que supuestamente se creó para agilizar la impartición de justicia, pero que en el fondo busca reducir la población penitenciaria ante la imposibilidad de seguir financiando y construyendo ciudades-cárceles harto costosas y peligrosas, con más de dos, cuatro o seis mil internos por centro.

Por ello no me sorprende que el domingo pasado se haya presentado en pleno Centro de Guadalajara un inusual y trágico episodio en el que, según testigos entrevistados por mi compañero Víctor Hugo Ornelas, una turba persiguió a un presunto ratero, lo sometió y le dio muerte en Rayón y López Cotilla.

La Policía tapatía había dicho que fue un solo sujeto el que lo sometió y mató; la Fiscalía convalidó la versión al decir que se investigaría como un homicidio, pero la investigación periodística echa abajo todo eso.

Desde la antigüedad se conoce la llamada ley del talión, y su explicación más sintetizada es “ojo por ojo, diente por diente”: lo que me hagas te lo regreso igualito, en modo, fuerza, intensidad y donde mismo, pero en el caso del linchamiento se excedió terriblemente el desquite.

Muchos han aplaudido este linchamiento, y como la Fiscalía añadió que la víctima tenía amplios antecedentes delictivos, con eso se dictó ya una sentencia social de que estuvo bien liquidar el problema.

Lo que se escapa de esta visión es que al alentar que todos tomemos justicia por propia mano se corre el grave riesgo de matar inocentes, a personas sospechosas que –como seguido se denuncia en redes sociales- rondan escuelas para robar niños, o que este sujeto –y todavía replicamos la foto- intentó agredir a la amiga del primo de un amigo. Ayer hubo otros dos hechos que estuvieron cerca de terminar en linchamiento

Es cierto que la indignación y el hartazgo de la sociedad están llegando al límite ante tanto delincuente reincidente en la calle, asaltos y atracos, pero cuidado con creer que quitando vidas resolvemos el problema; después castigaremos con el talión al que había linchado a otro y la cadena será interminable.

celso03@icloud.com