Francotirador

Amagos "al estilo Jalisco"

Acaso vale más la vida de un periodista que la de un policía?”. “¿Por qué tanto escándalo? Es un muerto más”, “los periodistas no son intocables”, “para que vean lo que se siente”, “¿para qué se meten si luego andan chillando…?”.

Frases similares he leído o me han comentado cada que matan a un reportero y luego que sus colegas exigen que se haga justicia. Quizá tengan algo o mucho de razón, no lo sé, sin embargo, tras el lamentable y atroz asesinato del sinaloense Jesús Javier Valdez Cárdenas volví a escuchar argumentos parecidos.

Lo primero que se da de inmediato, así, en automático, es que los funcionarios se aprontan a desligar el crimen de la actividad profesional del periodista victimado, que su labor de comunicador no sea el móvil, al menos no el oficial. Así, hablan que el ataque fue un intento de robo, o producto de conflictos personales, que tenía vínculos con criminales o hasta que fue “un asunto pasional”. Algunas de estas pomposas líneas de investigación las escuchamos tanto en el caso de Javier Valdez como en todos los demás.

Si a eso le agregamos la insufrible desunión del gremio y los abismales celos profesionales resulta que hay comunicadores que hasta convalidan que “por algo (turbio, siempre)”, asesinaron al otro. Muerto y condenado a la vez, qué ganga.

Pero muchas veces ese egoísmo y virulencia están alimentados por una enorme ignorancia de lo que ocurre con los periodistas que están en nuestro entorno inmediato.

Ejemplos locales hay cantidad, pero no han trascendido porque los protagonistas han optado por evitar esto, el protagonismo. Sin embargo, yo sí le puedo contar –para eso estoy aquí, faltaba más- de varios, como el de una persona con una intachable trayectoria periodística que fue amenazada a través de un narcovideo; otra a la que le llamaron para advertirle que “le bajara”, que ya no buscara noticias de un cabecilla de una célula criminal, o el caso de otra persona directiva de un medio a la que le mandaron decir que ya no manejara nada del líder de un cártel, o el estallido de dos granadas lanzadas a una empresa de comunicación. Todo en Guadalajara, todo en tiempo reciente.

Pero los amagos no siempre vienen del narco: un caso muy reciente y conocido fue el de uno de los más prestigiados columnistas locales que recibió amenazas de parte, presuntamente, de un familiar de un funcionario judicial.

Otros son más “finos”: infunden miedo a allegados del periodista. Va el caso local: una talentosísima persona venía publicando una serie de investigaciones sobre desvíos de recursos públicos, pero su familia percibió presiones inusuales, así que fueron sus propios consanguíneos quienes le rogaron que no siguiera publicando de aquel personaje ligado a un poderoso grupo conservador, incluso, sus familiares le pidieron que cambiara de trabajo. Presión en la calle y presión en casa, y ésta no la ve nadie.

En la gran mayoría de los casos las personas involucradas en estos casos decidieron continuar, pero, obviamente, con cuidados especiales.

No se necesita, pues, que haya una pistola o un granadazo de por medio para acreditar una amenaza local, aquí y ahora, a la libertad de expresión y al derecho a estar informados; las amenazas no han desaparecido, solo se han sofisticado. ¿Lo creería usted?

celso03@icloud.com