Malas compañías

El séptimo


No se trata de ningún advenimiento o doctrina religiosa. Tiene que ver, más bien, con lo cotidiano. Con eso que algunos llaman amor. Y otros, relación humana. Se trata del cronómetro interno, privado e íntimo que corre dentro de la vida en pareja.

Cuando ese cronómetro llega al año siete, los augurios son adversos. Los estudiosos en antropología, sociología, psicología, psiquiatría y neurología tratan de explicar el fenómeno. Muchas investigaciones, análisis y hasta ratones de laboratorio se han hecho y usado. Se contrastan y contabilizaban los niveles hormonales: testosterona, serotonina y dopamina para definir y comprobar etapas de cohabitación.

La pregunta es: ¿El amor dura siete años? Nadie se pone de acuerdo. Sólo, se sabe, que, a veces, llega la fecha de caducidad, achacando el periodo al consecutivo del seis. ¿Será? Yo siempre vi a mis abuelos en una normal -y hasta higiénica- turbulencia matrimonial que duró más de cincuenta años. O a familiares y amigos que han transitado estoicos pero unidos los avatares en pareja. Aunque también a muchísimas relaciones obnubiladas –y prófugas- desde el primer mes o año, incluso semana. Hay de todo en esa difícil tarea. Por eso imponer calendario a la convivencia puede resultar también un mito.

Al número siete le añaden especial atención. Lo han envuelto el misterio y en la cábala. Junto con el trece es de los más recurrentes a la hora de tentar a la suerte. Para muchos es sólo el número de los días de la semana. El lunes, el más cruel.

El séptimo año del amor ha sido llevado a la pantalla en numerosos filmes (hay cada churrazo). Todos ellos en torno a una de las películas en las que actúo Marilyn Monroe (Norma Jean Baker), la insuperable sex symbol de todos los tiempos.

La comezón del séptimo año (The Seven Year Itch, Billy Wilder, 1955) es una comedia ligera donde la "tentación" toca a la puerta del protagonista. Como metáfora hay una escalera tapiada dentro del departamento de Richard que, de estar abierta, conduciría al mismísimo departamento de la exuberante vecina.

Es una película muy lenta (¡Por Dios, fue filmada en los años cincuenta!) que se recuerda por la escena más icónica de la Monroe: el vestido blanco volando por el aire de un respiradero del subterráneo de Nueva York.