Malas compañías

La nostalgia por la elegancia

En el barrio de mi niñez, las salas cinematográficas tenían cortinas de terciopelo rojo que se abrían cuando iniciaba la función. Las butacas también estaban forradas de rojo y uno podía correr el riesgo de hundirse y quedar atrapado entre el asiento y el respaldo.

Los cines de mi niñez, allá en la capital, eran enormes, los chamacos corríamos entre los pasillos de las butacas y hasta la base de la pantalla, eran tan largos los recorridos que en una sola vuelta terminábamos cansados.

Los cines maravillaban por sus escaleras de mármol que conducían a un segundo piso; maravillaban por sus espejos de marcos dorados y garigoleados. Por sus estatuas, sus decorados y por su estilo arquitectónico.

Eran colosales espacios que ya en los años setenta lucían cansados pero que conservaban cierto decoro. Los recuerdo muy elegantes y con una personalidad nostálgica de casi fin de siglo.

A mitad de la década ochenta, algunos, la mayoría, quedaron cerrados por derribo a causa del terremoto. Otros con el paso del tiempo se convirtieron en cines-porno, plazas comerciales y en templos religiosos.

En aquella época los cines eran tan baratos que una familia entera acudía cada ocho días; se ofrecían matinées, se daban dobles tandas. Y como hasta ahora, fueron punto de encuentro también con amigos, puntos de encuentro para enamorados o amantes, solo que un poco más baratos.

No llevo en la mente una película que haya visto en aquella época. Pero si rescato imágenes de los noticieros en blanco y negro, en los cuales la audiencia se enteraba de noticias frescas o aquellas que ya habían pasado décadas atrás.

En aquellos ayeres no era requisito indispensable (forzoso y excesivo) adquirir los dulces y palomitas en los cines. De modo que, las familias (haciendo gala de su economía y del ahorro) preparaban las golosinas en casa, O se compraban "de paso". Se llegaba al cine con tortas, sándwiches, palomitas (nada de "horno") y los refrescos. También pepitas, los pistachos, los chocolates (toblerone) y otros.

Así como ahora, las salas acusaban terribles fallas a la hora de proyectar la cinta. Pero el cácaro saltaba en acción. Corregía sobre la marcha. Ahora no puedes reclamar sin correr el riesgo de que te regañen los jovencísimos encargados.