Malas compañías

La ley del monte

En esos viajes familiares, me maravillaban los paisajes rurales: los árboles, lo verde y el adobe. El olor a tierra.

En los primeros doce años de mi infancia fui una niña de ciudad, habituada al gris de las banquetas, al Viaducto, al Metro y a los autobuses de la Ruta 100.

En ese ambiente tan urbano, los árboles estaban en las banquetas y en un parque cercano a dónde íbamos a caminar, a jugar con la bicicleta o los patines y a pasear a nuestro perro Príncipe, un gran danés, que, en nuestra vida, tuvo una suerte de hermano... y de niñera.

La alegría era cuando mi padre subía a toda la familia -incluyendo al perro- a su Dodge negro y tomaba rumbo al sur de la ciudad; rumbo al pueblo de Tlahuac que en ese entonces aún era milpa y un espacio eminente campirano.

Ahí visitábamos con frecuencia un rancho, propiedad de unos amigos de mis padres. Íbamos a montar caballo a "subir el cerro" o a meternos en problemas pisando, por accidente, los hormigueros. Era toda una aventura para infantes de ciudad.

Había una cocina de humo donde, en la que cada temporada de noviembre, se preparaba pan de muerto: también ayudábamos a desgranar las mazorcas para el invierno.

Era frecuente que nos compartieran frutas en conserva; nunca he vuelto a probar una salsa "borracha" como la que preparaba la generosa anfitriona. Y cosas rarísimas de la gastronomía tradicional como los tamales de capulín. (Hoy, creo que son contados, o de plano, ya no existen los arboles de capulín, al menos en Metepec, donde eran abundantes apenas hace una década.)

En la evocación de esos años me quedaron grabadas las canciones vernáculas. Pero una siempre me ha sido mi favorita: La ley del monte (José Ángel Espinoza, Ferrusquilla, 1976), un extraordinario relato, casi crónica, sobre un amor contrariado o adverso, con dosis genial de realismo mágico.

Es una canción maravillosa del maestro Ferrusquilla (qepd), para -y del- México rural.