Malas compañías

La grandeza de una máquina de escribir

Hoy que la muerte está al alza, fallece una pieza clave del periodismo mexicano: Vicente Leñero.

Con soltura y genialidad, supo traspasar la frontera del periodismo y la literatura. Dejó escuela para la entrevista, la crónica y el reportaje. Destacó por obras teatrales, guiones cinematográficos y televisivos, además abordó con éxito la novela.

Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y co-fundador del semanario Proceso. Vicente Leñero, sobre todo, cultivó la palabra, buscó las historias y las compartió. Su estilo fue minucioso. Incisivo y determinante.

Narrador inteligente y crítico. Ya sea dentro o fuera de la ficción, hizo énfasis en la técnica pero también en la sensibilidad.

El periodismo mexicano debe a Leñero el detalle, la información desmenuzada, la búsqueda de la particularidad: la humanización de sus personajes.

En el periodismo era tan importante la declaración como el entorno: sabía dar incluso, a partir de la marca de un perfume o el decorado de una casa, la explicación de la personalidad del entrevistado, sin ni siquiera empezar una entrevista.

Cultivó una voz narrativa sorpresiva y generosa. Nos adentró al mundo de los albañiles, al oficio de los periodistas. Junto a él, nos asomamos por la ventana de una casa, de un hogar violento.

Nos adentró a esos mundos aparte de políticos y mítines de tortas y boings. De banderitas y sombreros. De la tambora.

Recorrimos con Leñero la Zona Rosa, aquella de "perfume barato en envase elegante", a la que calificó como "una provinciana en traje de corista". A la que comparó con "la hija de un nuevo rico que quiere presumir de mundana, pero que regresa temprano a casa para que papá no la regañe".

Esa Zona Rosa que despuntó en los sesenta como muestra de la modernidad de la Ciudad de México, fue para Leñero "guapa, pero tonta; elegante, pero frívola. Es una colegiala snob, glotona, amanerada". (Periodismo de Emergencia)

Apólogo del cigarrillo, tan genuino, nos relató una partida de ajedrez con el gran Juan José Arreola, quien también escribió muchas historias en torno a un cenicero.

A golpe de tecla nos enteró sobre su viaje a la espesura de la selva lacandona y nos enteró de los motivos zapatistas, en aquella época de los noventa cuando fue sustituido el afiche del guerrillero Ernesto Che Guevara por el del subcomandante Marcos.

También en sus escritos y adaptaciones apabulló a la Iglesia católica. Desnudó a la cofradía. Dicen que Leñero nunca cambió su máquina de escribir por una computadora.

Hoy se va un periodista y escritor combativo y elegante.