Malas compañías

El corazón

El corazón es hilo conductor de amor y sufrimiento para la metáfora literaria y tan determinante en el lenguaje popular: ¡Ay, corazón, ya no me duelas tanto!, gritamos de vez cuando frente al amor no correspondido o el amor contrariado como lo llama Gabriel García Márquez.

Al corazón –ese elemental órgano que late- le atribuimos causas y efectos, los sentires abrumados y la exaltación. Lo que impacta a nuestra vida interior: tristeza, enojo, alegría, amor y odio. Los lugares comunes abundan para explicarnos ante la vida y atribuir emociones.

La carga literaria y popular para la palabra corazón se asemeja al que los fumadores le otorgan con una larga calada de nicotina. ¡Pum, pum, pum! En nuestra vida cotidiana traemos, prácticamente, al corazón del tingo al tango.

Tengo el corazón triste, traigo el corazón alegre, desde lo más hondo de mi corazón, eso me toca el corazón, te odio con todo mi corazón, traigo el corazón hecho pedazos, ¡Tengo frío en el corazón!, ¡tiene el corazón de pollo!, etcétera.

"¡Don Juan! Don Juan, yo te imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro", exige el corazón ardiente de Doña Inés, en el Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.

Hacemos partícipe al corazón de nuestras decisiones, anhelos, cansancios y hasta frustraciones: iré a dónde me lleve el corazón, te deseo con todo mi corazón, me pesa este corazón o tienes corazón de piedra.

Y es que en lo anímico, como en uno de los cuentos de Edgar Allan Poe, el corazón nos delata.

En el día a día, nuestras vísperas y el adiós amoroso (donde tienen que ver esos corazones bandidos, crueles e implacables) están cultivado en la canción popular de todos los géneros: "¡Fallaste corazón! No vuelvas a apostar", recomienda don Cuco Sánchez.