Malas compañías

La añoranza

Todos los días mi hermana extraña a su país:

Tierra de contrastes, de cultura. Tierra de diferente espectro, de olor a maíz y a smog. Tierra ancestral, ombligo de la luna.

Exalta a su país en el extranjero. Habla de su gente, a sus tradiciones, a sus sabores.

En las sobremesas o en las reuniones, son variados los temas que a un extranjero cuestiona sobre México. Ya sea de política o de cultura popular, de sitios turísticos o de la comida y el tequila.

La gente tiene curiosidad, ganas de conocer nuestro país, pero tienen miedo por lo que ven y escuchan, nos dice mi hermana.

A borbotones las preguntas intrascendentes sobre las playas del Caribe mexicano (destino lunamielero para europeos), hasta de lo que se considera como una extrañísima, pero colorida, fiesta de muertos (hoy en boga debido a la última entrega del agente 007, James Bond).

Pero se cuestiona también la inseguridad y la pobreza mexicana. Porque México se percibe como un país pauperizado e inseguro. (Nuestros entuertos nacionales se publican –a cada rato- en las portadas de la prensa internacional).

Si bien es cierto que desde la distancia se fortalecen los lazos de amor hacia la patria y se extraña hasta un taco al pastor; también desde el exterior, las cosas se ven diferentes. Se palpan diferentes y se oyen diferentes.

Pero no es necesario llegar a la esquina de la calle donde vivimos para sentir –y sufrir- los efectos apabullantes del país. En efecto, sí: México está del cocol. La inseguridad está ahí: latente, al asecho.

Y sí, acá adentro, sin pasar ninguna frontera o garita, también se añora a México. Éste que tenemos ahora, nos lo han cambiado.