Malas compañías

Un amor a medida*

Por experiencia Pedro sabía que cualquier época era idónea para que las mujeres necesitadas, de alguien con solvencia y hasta de alguien que las abrazara, se expusiera en el mercado.

Se levantó temprano. Recorrido el piso de parquet hasta llegar al recibidor y ahí como cada mañana le esperaba la correspondencia. Esperaba con ansiedad al cartero para su preciada correspondencia. El único vínculo que se permitía para buscar pareja: Estaba afiliado a cualquier cantidad de publicaciones donde se ofrecía el posible encuentro amoroso.

Las cartas de contestación siempre llegaban finas, pulcras, sutiles; con un contenido impreciso pero valioso. A Pedro le excitaba llenarse de papeles. Saber que había respuesta a su suscripción y que de alguna manera él llenaba los requisitos con una buena figura, rostro encantador y una jugosa cuenta bancaria, además de una madre comprensiva que lo animaba en la búsqueda, deseosa ella de llenar la casa solariega.

Esa mañana, Pedro revisó cada una de las cartas. Ninguna candidata le gustó pero sabía que no debía cesar en su empeño. Había escuchado de una nueva agencia que ofrecía servicio por internet. Era atractiva la oferta porque a través de la pantalla podría ver esos cuerpos y recrear mundos imaginarios con la tecnología.

Por algunos días meditó su afiliación. Contempló cada una de las ventajas y desventajas pero al final desistió porque la forma de búsqueda era un tanto efímera e impersonal: no podría oler el perfume de las interesadas ni especular con la caligrafía. Tampoco podría coleccionar fotografías ni las líneas más amorosas y hasta desesperadas de las guapas que contestaban su anuncio. Optó por continuar su cacería vía epistolar que le parecía un recurso más romántico.

A pesar de sus deseos de ser amado, Pedro nunca accedió a una cita aunque esperaba que a través de ese enlace postal llegara su redención. Si no le interesaba la candidata, no contestaba y dejaba la misiva en el archivo muerto. Tenía un cuarto especial para sus amadas. Era su santuario. Cada carta era perfectamente archivada de acuerdo a una escrupulosa selección.

Pedro y su majestuosa colección de rostros y cuerpos en papel. Diez años de afición epistolar, de resguardar un gran tesoro: miles de amarillentos vestigios femeninos, mujeres ansiosas de tenerlo, siempre calladas y sumisas. Sin promesas, ni frases, ni domingos en familia.

Pedro con su arsenal de damas en apuros era feliz. Las tenía cuando quería y el suave contacto con el papel le encendía el cuerpo y le enviciaba la razón.

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*Publicado en Ramírez, Celeste. Crónicas para desolados, UAEM- La Tinta del Alcatraz, Toluca, México, 2000, 71 pp.