Malas compañías

Toros de Osborne

Las carreteras son líneas de incógnita. Son paraísos inciertos y espacios enormes e infinitos donde a vuelo de pájaro se aprecia la vida y el terraplén. Campos de cultivo, montañas, laderas extremas, arbolado, concreto y esa infinita raya blanca que divide. Y tras la ventanilla se formulaban historias con el viento en la cara y el cabello volando.

Ahora, por la carretera esos paisajes diversos evocan vivencias múltiples. La más recurrente proviene de la infancia, cuando sobre ruedas viajaba con mi familia: “Papá, avísame si viene uno de esos toritos”, le insistía a mi padre por el camino ya sea por Jalisco o Aguascalientes.

Hoy a más de treinta años, sigo esperando ver el torito de Osborne pero ya no hay muchos. Y me sigo maravillando con esa solitaria y estoica figura taurina que a contratiempo sigue en pie en las autopistas (hay uno en la México-Toluca). Me recuerdan los trayectos con familia y, en esencial, a mi abuelo, aficionado a la fiesta brava. También a la película Jamón, Jamón (Bigas Luna, 1992).

La implementación de las vallas diseminadas por caminos carreteros de España y Latinoamérica respondió a una estrategia publicitaria de gran impacto que inició en 1956 bajo la casa Osborne, pero traspasó la frontera comercial para constituirse en uno de los más preponderantes símbolos culturales ibéricos.

En el país de origen indujo un movimiento popular que pugnó ante tribunales para que los toros no desaparecieran del paisaje. Fue en 1997, el “indulto” al toro de Osborne, considerado como de interés social, cultural y artístico.

Actualmente es ícono para quienes son afines a la tauromaquia, existe un surtido de productos oficiales, desde en camisetas, “vaqueros” y hasta corbatas. Algunos lo llevan en tatuajes.

Ha recibido innumerables reconocimientos y ha sido el foco de numerosas actividades culturales y artísticas. Las vallas son patrimonio cultural en España, aunque en algunas partes -frente al rechazo por la fiesta brava- se derriban a tiros de piedras.