Malas compañías

Pluma caribeña de efecto espejo

Inevitablemente me refieren a él tres momentos: esa onomatopeya del canto de los gallos que siempre acompañó sus relatos; en las madrugadas con ausencia del sueño, me encuentro esperando a Melquiades para que me cure del insomnio. Y cuando llueve, tras el cristal de una ventana veo la lluvia como Isabel.

Las referencias de Gabriel García Márquez sobrevuelan los tejados de Latinoamérica. Aterrizan en cualquier país que reconozca como propio el olor de la guayaba.

Envuelven sus novelas, cuentos, relatos y guiones para cine: la superstición, las mariposas. La yuca y los plátanos asados, la llovizna tierna y las flores amarillas (del adiós). Las palomas y los caballitos de mar. La tierra en el jardín. La cagada de los pájaros, la sombra de los castaños y almendros. El eco del mar en un caracol. Las casas que se llenan de amor.

Esa realidad ficticia que los críticos han insistido en analizarla a través de la figuras retóricas y con la etiqueta del realismo mágico, no es otra cosa que un amplio dominio del relato: la puerta que se abre, el horizontal y vertical de los mundos imaginarios habitados por personajes y sus espantos: el tiempo trastocado, la herencia, la sangre; la soledad, la nostalgia, la contrariedad, los tormentos de la memoria y los signos trágicos.

Tres momentos con GGM. (1) El librero de mi padre en la casa de mi infancia, leyendo en el lomo de una edición: El otoño del patriarca. (2) "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo", tumbada en una playa mexicana. (3) "Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaban siempre el destino de los amores contrariados", página de la cita donde decidí guardar una flor.

De mis profesores escuché el sarcasmo reiterado: ni son cien con número -es decir 100-, ni tampoco son los cien años de una tal Soledad.

Sigo enamorada de Santiago Nassar, el de una muerte anunciada; me estremece el hilito de sangre en la nieve de la Nena Daconte. "Tiemblo por usted", le dijo el anciano a una puta triste.

Me sigue atormentando que, en algún lugar lejano, al querer hacer una llamada, me encierren en un manicomio como a María; quise ser de los que se fueron a vivir abajo del mar. Y también el corazón me naufragó.

En ese las historias recreadas, le agradezco por el destino fatal a tanto dictador...

GGM escribió una de las más hermosas e inteligentes historias de amor en la que desmitifica la vejez y da lección sobre los más terribles avatares para el enamorado: la espera y el tiempo.

En El amor en los tiempos del cólera, el escritor otorga a Fermina la belleza y el andar de venada y dos amores. A Juvenal Urbino de la Calle ser lo que las abuelas llaman "un buen partido" que, por consiguiente, será un buen marido. A Florentino, el personaje principal, le da una enorme retribución a su destino de hombre feo: riqueza absoluta y sexo y erotismo con más de seiscientas mujeres durante cerca de 54 años sin que en ninguna ocasión le haya fallado el cuerpo.

G.G.M ya reconoció la autoridad de la muerte. Pero supo que "es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites".