Malas compañías

Los Micifuces II

Hace dos años redacté Los Micifuces, en el que hablo del felino como ser que ha acompañado a escritores, poetas y artistas a lo largo de su existencia.

Destacaba a los felinos como esos compañeros insustituibles, como ese "gato pedagógico", del que habla en varias de sus canciones el cantautor argentino Miguel Mateos. O del micifuz-imagen que Joaquín Sabina se ha empeñado en pintar como ley de su domesticidad actual: estoy contigo pero sabes que puedo salir a los tejados.

Los gatos dieron soporte a autores como Jorge Luis Borges y su insustituible "Beppo", cuyo nombre remonta a un personaje de Lord Byron. O Rayuela, de Julio Cortázar, y esa presencia felina recurrente.

En el escrito subrayaba a Mark Twain, Jean-Paul Sartre, Hermann Hesse, Ernest Hemingway y Charles Bukowski como amantes y observadores de los misteriosos parias sin ley.

Deidades peludas de callejones y del sillón más confortable. De tejados y bardas, de copas de árboles.

Gatos de Cheshire, los de la sonrisa coloreada.

Estos mininos de caprichosa personalidad y de brillante pelaje han sido inmortalizados en la plástica, desde los egipcios cuya adoración fue deífica y a la postre en diversas corrientes de expresión con representantes que van desde Jan Van Eyck, Leonardo Da Vinci, Pierre Auguste Renoir, Goya, Chagall, Klee y Picasso, hasta el famoso gato sicodélico de Andy Warhol.

Hoy hago un adéndum para incluir a los gatos del artista plástico más importante en nuestro estado: el doctor Leopoldo Flores, en ese interminable autorretrato que el artista elabora, cambia y transforma de acuerdo a sus motivos y sentimientos y circunstancias.

Cuadro que toma por asalto una pared del estudio en el Museo Universitario que lleva el nombre del artista plástico, y que está en constante proceso.

Vemos al maestro sentado en un sillón entre gatos.

De formato grande, la pintura, en la que el artista difumina entre sombras a los gatos como seres enigmáticos.

Apenas aparecen, huraños y escondidos en el lienzo, su magnificencia de ojos, la silueta apenas perfilada. Y, sin embargo su presencia felina en paradoja es absoluta.