Malas compañías

Like a Rolling Stone: el himno, el ícono

Extraordinaria elección: Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016.

Al otorgarle este premio rompen parámetros e incómodos esquemas puristas; rompen con la exigencia de considerar como literatura sólo aquella expresión categorizada en sus formas más clásicas: los géneros literarios. Arte que, a su vez, se difunde –y comercializa- en libros.

Hoy el Nobel no garantizará ventas exorbitantes a grandes y feroces empresas editoriales.

Hoy para conocer a Dylan quizá los nostálgicos por los discos compactos acudirán a una tienda de discos. Los ciudadanos web 3.0 harán descargas de música en plataformas comerciales o simplemente utilizará aplicaciones como YouTube o Spotify. Mientras que los verdaderos seguidores desempolvarán sus –hoy costosas- colecciones dylanianas: desde el vinilo al casete. Los libros, los compendios.

Entregarle el Nobel a Dylan fue un acto de justicia. Y un acto que abre la puerta y las posibilidades a esas múltiples maneras de la expresión literaria, artística, genuina, verdadera (y de calidad).

La Academia sueca se ha desempolvado. El Nobel de Literatura se ha modernizado.

¡Por fin!

Unos días antes de esta noticia -extraordinaria y polémica- escuche una pregunta al aire en la radio especializada: ¿Quién es Robert Allen Zimmerman?

Y la respuesta fue: el señor Bob Dylan, el poeta.

¡Qué se cimbre la tierra! Que sacudan los pasillos de las apolilladas academias de Letras, con sus obstinados críticos, expertos, especialistas. Hoy ya son otros tiempos que reconocen que la literatura no es propiedad, ni privilegio de un selecto grupo. Tampoco moneda política.

Hoy la enseñanza y el reconocimiento será que la literatura tiene diferentes y variadas formas y subgéneros.

Hoy premian a la poesía en la música, pero también la poesía en la cotidianeidad: la canción.

Dylan (1941, Minnesota, EU) determinante e influyente.

Bob Dylan, la banda sonora de muchas generaciones.

¡Bravo!