Carta de viaje

El último viaje de la fragata Mercedes

En mayo de 2007, un tesoro de 500 mil monedas de oro y plata, acuñadas en Perú durante el reino de Carlos IV, fue hallado en un pecio bautizado por Odyssey Marine Exploration, la empresa que lo descubrió, con el nombre en clave de Cisne Negro. Era Nuestra Señora de las Mercedes, una fragata española herida de muerte en 1804 por una bala de cañón del comodoro inglés Graham Moore, que sucumbió con su tesoro al sureste de la costa de Faro, en Portugal. Las imágenes de las monedas dieron la vuelta al mundo cuando fue anunciado el hallazgo. ¿A quién pertenecía ese tesoro, el mayor jamás encontrado en un naufragio? ¿A Odyssey, la empresa que lo descubrió? ¿A España, el país bajo cuya bandera navegaba el barco con su cargamento? ¿A Portugal, si los restos del naufragio yacían, en efecto, en sus aguas territoriales, al sur del Algarve? Es lo que trató de decidir un juzgado de Tampa, Florida, que al final decidió por España. En septiembre de 2011, su decisión fue refrendada por un tribunal de Atlanta, que ratificó la orden para que Odyssey entregara el tesoro a España, cosa que sucedió entre febrero de 2012 y julio de 2013. Es el tema que relata la exposición El último viaje de la fragata Mercedes, puesta en Madrid por el gobierno de España, que será inaugurada mañana viernes en el Museo Nacional de Antropología.

Desde hace décadas han sido descubiertos, y saqueados, restos de naufragios —es decir, pecios— en todos los océanos del planeta. Algunos de sus nombres son conocidos, como el Titanic, trasatlántico de lujo que chocó con un iceberg en 1912; otros en cambio son desconocidos, como el Geldermalsen, buque de vela holandés que naufragó con un cargamento de té, seda, oro y porcelana en el año remoto de 1751. Pero el patrimonio cultural que está inmerso bajo el agua no incluye nada más naufragios, sino también sitios arqueológicos bien preservados que por razones diversas (maremotos, sobre todo) están ahora bajo el agua, entre ellos algunos extraordinarios, como el faro de Alejandría y la ciudad de Cartago, o como las ruinas de poblados neolíticos aún por descubrir en el fondo del Mar Negro. Sitios de una importancia gigantesca, pero expuestos al pillaje.

Para proteger estos bienes culturales, hoy amenazados por el perfeccionamiento de las técnicas de exploración, la Unesco, que patrocina la exposición, aprobó en noviembre de 2001 la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático. México fue uno de los primeros 14 países que firmaron el convenio. España también. El texto entiende por patrimonio cultural subacuático “los rastros de existencia humana que tengan un carácter cultural, histórico o arqueológico, que hayan estado bajo el agua, parcial o totalmente, de forma periódica o continua, por lo menos durante cien años” (Artículo 1º). Privilegia la conservación in situ del patrimonio sumergido, al señalar la importancia del contexto histórico del pecio o sitio subacuático y al reconocer que, en circunstancias normales, este patrimonio se conserva mejor bajo el agua. Asimismo, sin dirimir el asunto de la propiedad de los bienes que pueden disputar varios países, muy espinoso, y sin prohibir las actividades de rescate por parte de los arqueólogos, el texto defiende la idea de que el patrimonio cultural subacuático no debe ser explotado con fines de lucro, como sucede a menudo hasta hoy, con empresas como Odyssey. Muchos sitios arqueológicos de extraordinaria importancia quedaron perdidos para siempre por haber sido vistos como botines, no como lo que son: parte de nuestro patrimonio cultural subacuático. No sucedió así con la Mercedes, que nos abre sus misterios en el Museo Nacional de Antropología.

ctello@milenio.com