Carta de viaje

La transformación del EZLN

Al tomar la decisión de no financiar sus actividades con robos y secuestros, o con el tráfico de drogas, el EZLN, sin el apoyo de Cuba, aceptó depender por completo de las comunidades que lo sostenían en la Selva Lacandona.

El 12 de enero de 1994 el presidente Carlos Salinas anunció su decisión de “suspender toda iniciativa de fuego en el estado de Chiapas”. La tregua fue aceptada por los rebeldes. Esa renuncia en los hechos al uso de sus fusiles significó un cambio en la naturaleza del EZLN. Sus dirigentes, entonces, abandonaron sus ambiciones más desmesuradas para centrar sus esfuerzos en la lucha por los derechos de los indígenas. Marcos presumía, desde comienzos de la rebelión, que sus tropas estaban a las órdenes de los pueblos en lucha de Chiapas. Por eso, decía, era subcomandante, porque los comandantes de verdad eran los indios. Esta inversión de mandos había sido, según su mitología, la primera derrota de los zapatistas: una derrota, decía él, infligida durante la gestación de la guerrilla, no por el enemigo, sino por el encuentro de sus líderes con las comunidades. Las palabras del subcomandante, que así planteadas eran falsas, contenían sin embargo una verdad necesaria para comprender la singularidad del EZLN. Sus dirigentes, en efecto, tuvieron una relación especial con los indígenas de Chiapas. Al tomar la decisión de no financiar sus actividades con robos y secuestros, o con el tráfico de drogas, las FLN, en el momento de fundar el EZLN, sin el apoyo de Cuba, aceptaron depender por completo de las comunidades que los apoyaban en las Cañadas de la Selva Lacandona. Ellas les daban todo: comida, información, recursos para comprar armas, hombres y mujeres para combatir y para trabajar en los talleres y las armerías que tenían en el resto del país. Esa dependencia los diferenciaba de la mayoría de las guerrillas en el continente, las cuales, sobradas de recursos, tenían por lo general una relación más autoritaria con sus bases. El EZLN no tuvo nunca la capacidad material de imponerles un proyecto a los indígenas de Chiapas. Los tuvo que convencer.

Los zapatistas crecieron gracias a la relativa prosperidad de las comunidades, ganaderas y cafetaleras, que los apoyaban en las Cañadas. Era para ellos imposible, sin recursos propios, crecer en un contexto de miseria. Su dependencia frente a ellas no significó, sin embargo, una inversión de mandos. Los indígenas que militaban en la guerrilla, igual que los que la sostenían con su trabajo, actuaban todos bajo las órdenes de la Comandancia General. No solo eso: estaban subordinados —lo sabían y lo aceptaban— a un proyecto de lucha que los rebasaba: el proyecto de liberación que planteaban en la clandestinidad los comandantes de las FLN. Las razones que les daban parecían muy claras: la solución a los problemas de las comunidades pasaba, necesariamente, por el triunfo de la Revolución. Eran problemas comunes a los de todos los pobres en el país; tenían que ser resueltos de la misma forma. Los zapatistas fueron congruentes con ese modo de pensar al estallar la rebelión. En El Despertador Mexicano, su órgano de difusión, dieron a conocer sus leyes de guerra, leyes que trataban una multitud de temas —el campo, la ciudad, el trabajo, la industria, el comercio, la mujer, la justicia, la seguridad pública—, pero que nada decían con relación a los indios de México. Su proyecto de liberación, sin excluirlos, los rebasaba por completo. Así, los miles y miles de zapatistas que asombraron al país al estallar la rebelión —tzeltales y tzotziles, choles y tojolabales— estaban en pie de lucha, no como indios, sino como pobres, como mexicanos pobres.

Los zapatistas hicieron suyos muy pronto los rasgos que daban identidad a los indios de Chiapas —sus rasgos, no sus demandas, que permanecieron marginadas en el discurso del EZLN. Adoptaron muchos de sus atributos: el bastón de mando, el sombrero con listones, el huipil, algunos de los giros más típicos de su lengua. Marcos, incluso, aparecía a menudo con un chuj de lana frente a las cámaras de televisión. Con ello, desde luego, contribuía a legitimar el alzamiento. Nadie les podía negar el derecho de luchar a quienes —como decía él— morían en silencio desde siempre, a quienes no tenían nada, absolutamente nada, más que la forma de morir su propia muerte. También contribuía a enriquecer la iconografía y la retórica del levantamiento. Pocas rebeliones han dejado imágenes y palabras tan bellas como las del EZLN. No es una casualidad: uno de los rasgos más notables de la guerrilla fue siempre, incluso desde antes del estallido, el uso del espectáculo para los fines de la Revolución. Aquello que privilegiaban los zapatistas era también, además, lo que buscaban los medios de comunicación: una representación del levantamiento. Marcos lo garantizaba. Sus imágenes y sus palabras, codiciadas por los medios, estuvieron al principio respaldadas por el fuego de la insurrección, por la sangre de todos aquellos que murieron en combate, pero con el paso del tiempo perdieron su fuerza para subvertir el orden, su capacidad de conmover a la nación. El EZLN, al final, dejó de luchar por la Revolución para celebrar, en su lugar, la fiesta de la Revolución. Pero lo hizo viendo su raíz: los indígenas de Chiapas.

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