Carta de viaje

La tragedia de Günter Grass

A lo largo de todos esos años, él supo que era, en un sentido muy claro, un impostor.

Günter Grass murió a principios de esta semana a los 87 años, en la ciudad de Lübeck, al norte de Alemania. Era poeta, dramaturgo, escultor, dibujante y, desde luego, novelista, autor de una de las obras clave del siglo XX, El tambor de hojalata, pero su fama descansaba, más que nada, en su papel como crítico de la sociedad —sobre todo de la sociedad en Alemania—. Por esta razón, los comentarios publicados a raíz de su muerte han estado centrados en un episodio que, para muchos, invalida ese papel que desempeñó a lo largo de su
vida.

En agosto de 2006, poco antes del lanzamiento de su autobiografía, Pelando la cebolla, Grass tuvo una entrevista con el periódico Frankfuerter Allgemeine. En ella reveló que a los 17 años, al final de la Segunda Guerra, fue miembro por unos meses del cuerpo de élite de los nazis, aquel que cometió los crímenes más espeluznantes durante la guerra: las Waffen-SS. Sirvió en la 10ª División Panzer SS Frundsberg desde noviembre de 1944 hasta mayo de 1945, cuando fue herido y capturado en Marienbad, para ser conducido al campo de prisioneros de Bad Aibling, en Baviera, donde también estaba prisionero el sacerdote Joseph Ratzinger. “Mi silencio durante todos estos años es una de las razones por las que escribí el libro”, dijo Grass, quien estaba entonces a punto de cumplir 80 años. “La verdad tenía que salir al final”.

Nadie acusó a Grass de cometer atrocidades durante la Segunda Guerra. De hecho, él mismo quería ser enlistado en el servicio de los submarinos, pero por azares del destino acabó en Dresde con las SS. Günter Grass, sin embargo, era un hombre que, a lo largo de más de medio siglo, había sido erigido como autoridad moral en Alemana. Durante 60 años había flagelado a sus compatriotas por su cobardía, por no querer enfrentar los aspectos más vergonzosos de su pasado. Y ahora revelaba él mismo que había obscurecido una parte crucial de su biografía, al sugerir que había sido solo uno de los miles de jóvenes que fueron presionados para servir en trabajos más o menos inofensivos, como ayudante de artillería. Era falso: había sido miembro de las SS. Y había tardado 60 años en decirlo.

En 1985, Grass denunció la visita que hicieron Ronald Reagan y Helmut Kohl al cementerio de Bitburg, donde reposan los restos de soldados de las SS. En 1989 alzó la voz contra la reunificación de Alemania con el argumento de que el pueblo responsable del Holocausto no tenía derecho a vivir unificado como nación: “Auschwitz nos cancela incluso el derecho de autodeterminación que tienen otros pueblos”. Había renunciado ya a la Iglesia Luterana porque las jerarquías luterana y católica fueron, dijo, “cómplices del Nazismo”. Más tarde, en 1999, recibió el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca lo elogió por haber emprendido “la enorme tarea de recapitular la historia contemporánea, recordando lo que hemos renegado y olvidado”. Y a lo largo de todos esos años, él sabía que era, en un sentido muy claro, un impostor. Esa fue su tragedia. Toda su vida criticó a los alemanes por no confrontar las vergüenzas de su pasado, pero lo hizo con la mala conciencia de ser él mismo lo que criticaba. “El breve epitafio que me corresponde”, escribió, “deberá decir: Guardé silencio”. No entendió, a pesar de tener enfrente su propio ejemplo, que la vida es demasiado compleja para poder ser vista en blanco y negro.

ctello@milenio.com