Carta de viaje

Sobre la segunda vuelta en México

La elección en Francia produjo un ganador contundente con un mandato claro, en un país cuyo voto estaba originalmente fragmentado en cuatro opciones: una de centro, otra de extrema derecha, una más de derecha y la última de izquierda radical, las que representaban Macron (24), Le Pen (21), Fillon (20) y Melenchon (19). Fue la segunda vuelta electoral la que hizo posible, como ha sido argumentado, convertir la fragmentación del electorado en la victoria clara de uno de los candidatos, con 66 por ciento de los sufragios. Y por eso la elección en Francia es una lección para México, donde en 2018 el sufragio estará también previsiblemente fragmentado y producirá un presidente sin la legitimidad que tiene el que gana por más de la mitad del voto (cosa que por definición ocurre en una segunda vuelta).

México es uno de los raros países de sistema presidencial que no tiene dos vueltas: resuelve la elección de su presidente con mayoría relativa en una sola jornada. Desde hace diez años, sin embargo, el sistema de dos vueltas ha sido discutido con seriedad por los partidos y los analistas. A favor de la segunda vuelta está, en primer lugar, el hecho de que le da una mayoría de votos absoluta al ganador, con lo que evita que el presidente llegue al poder con su legitimidad mermada por un porcentaje minoritario de la votación. Tiene otras ventajas: permite la oportunidad de tener dos votos, uno ideológico y otro práctico; induce a la conciliación y la negociación entre los candidatos que pasaron a la segunda ronda con los que fueron eliminados, pero cuyo apoyo es necesario; disminuye el problema de tener que dividir los votos entre candidatos similares, como ocurre en sistemas de una sola ronda. En contra de la segunda vuelta, a su vez, está básicamente el hecho de tener dos elecciones, lo cual aumenta el costo y el tiempo de la elección, y propicia el hartazgo en el elector.

Casi todos los países de sistema presidencial han juzgado las ventajas de la segunda vuelta más importantes que las desventajas. Sobre todo por dos razones: una, porque contribuye a darle legitimidad al ganador (es mejor tener un presidente elegido con más de la mitad de los votos que un presidente elegido con menos de la mitad) y, dos, porque contribuye a que, con un mandato claro, el gobierno sea más eficaz. Pero la segunda vuelta no resuelve por sí sola el problema de la legitimidad y la eficacia. La elección a dos vueltas no garantiza que los resultados no sean cerrados (fueron de hecho muy cerrados en la elección de 2016 en Perú: Kuczynski ganó por apenas 0.2 por ciento del voto) ni garantiza que la polarización sea menor (fue gigantesca en la elección que ganó Macron en Francia). Pero tampoco le garantiza mayor legitimidad al presidente. En México, por desgracia, es imaginable que, incluso en un escenario de dos vueltas, el perdedor no acepte su derrota frente al ganador. ¿Qué legitimidad le puede dar al vencedor haber ganado por más de 50 por ciento de los votos, si el que perdió no acepta su derrota? La legitimidad que tienen Kuczynski (que ganó con 0.2) y Macron (que arroyó con 66) la tienen en una medida muy grande porque sus adversarios reconocieron su derrota. En México no existe la convicción de que
la derrota —que es siempre parcial y temporal, nunca total y definitiva— debe ser siempre reconocida.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com