Carta de viaje

Los rurales

Muchos eran hombres armados por su cuenta que el gobierno de Juárez sentía la necesidad de organizar y legitimar bajo el mando del ministro de Gobernación, un poco como ha sucedido estos días con las "autodefensas" de Michoacán.

El 5 de mayo de 1861 el presidente Benito Juárez creó el Cuerpo de Policía Rural. Eran en total unos 800 hombres divididos en cuatro agrupaciones que tenían la responsabilidad de velar por la seguridad de los caminos, sobre todo los que utilizaban los comerciantes que convergían en la Ciudad de México. Muchos eran hombres armados por su cuenta que el gobierno de Juárez sentía la necesidad de organizar y legitimar bajo el mando del ministro de Gobernación, un poco como ha sucedido estos días con las autodefensas de Michoacán. La gente los llamaría con un nombre más breve: no miembros del Cuerpo de Policía Rural sino rurales.

En el momento de ser firmado aquel decreto de 1861 por el presidente Juárez, México era un país que llevaba medio siglo en guerra: guerra entre realistas e insurgentes, guerra entre centralistas y federalistas, guerra entre mexicanos y norteamericanos, guerra entre liberales y conservadores. Y era un país que habría de estar aún tres lustros más en guerra: entre mexicanos y franceses, entre republicanos y monarquistas, entre porfiristas y juaristas y, en fin, entre porfiristas y lerdistas. Las
décadas de guerra que concluyeron a principios de 1861 con el triunfo de los liberales de la Reforma, guerras que dividieron a la nación en dos, habían dejado en los caminos del país a bandas armadas sin empleo que había que incorporar o combatir para restablecer la autoridad del gobierno en toda la República. En ese contexto nacieron los rurales, incorporados a los cuerpos del Ejército al estallar la guerra de Intervención en 1862 y reagrupados más tarde como Policía Rural, con alrededor de dos mil hombres, al final de aquella guerra, en 1867.

El historiador Paul Vanderwood, profesor de la Universidad de San Diego, publicó en 1982 Los rurales mexicanos, editado por el Fondo de Cultura Económica. Tiene un ensayo más breve accesible en internet: Los rurales: producto de una necesidad social. En este texto me baso para escribir lo que sigue. “Los rurales eran en su mayoría campesinos y artesanos”, dice Vanderwood. “Provenían de las filas de desempleados”. Eran un cuerpo que conservaba en su naturaleza la informalidad de su origen, lo cual hacía que no fuera confiable. La tasa de deserción, por ejemplo, superaba 20 por ciento. Muchos se alistaban solo para recibir un caballo y un arma de fuego, y luego desertaban. Las normas tampoco eran observadas por las mismas autoridades. “El reglamento estipulaba que los miembros del cuerpo debían estar alfabetizados”, escribe Vanderwood, “no obstante, 50 por ciento de ellos no lo estaba. Frecuentemente eran menores de 18 años y mayores de 60, que eran los límites establecidos”. El compromiso con el cuerpo era por lo general de tres años y el salario que recibían sus miembros era bastante bajo: apenas 475 pesos al año. “Los rurales estaban distribuidos en destacamentos de tres a quince hombres, aunque algunas veces contingentes más grandes se estacionaban en las capitales estatales”, dice Vanderwood. “Nunca patrullaban las zonas fronterizas de la República”. Los gobiernos de Juárez, Lerdo y Díaz jamás les confiaron ese trabajo en las fronteras, reservado a las tropas regulares del Ministerio de Guerra.

“Con frecuencia, los rurales entraban en conflicto con las autoridades estatales y locales, y constantemente el inspector general de la organización recibía gran cantidad de quejas, porque los destacamentos se habían negado a cumplir las órdenes de un funcionario local”, dice Vanderwood. Párrocos que les pedían ayuda para cobrar el diezmo, patrones de minas les ofrecían dinero para mantener a raya a sus obreros, hacendados los requerían para desalojar a los pueblos, intendentes de ferrocarriles que exigían su apoyo para obligar a los pasajeros a pagar el pasaje. Pero los rurales solo dependían del Supremo Gobierno. La gente los veía marchar en los desfiles del 16 de septiembre, vestidos con el traje de faena del ranchero del altiplano, parecido al de charro, con pantalones adornados con botonadura de plata en los costados, sombrero de ala muy ancha, por lo general de paño claro, y banda de cuero cruzada sobre el pecho, portando la insignia y el número de cuerpo de rurales. Sobrevivieron hasta bien entrada la Revolución. Madero no los licenció: al contrario, los conservó como el fundamento de una policía rural aún más amplia, cuatro veces superior a la de Díaz (ella misma cercana a los tres mil hombres), fuerza que resultó incontrolable, en parte porque en ella quiso concentrar a los zapatistas y villistas que no podía licenciar, pero tampoco incorporar al Ejército federal. Huerta, desde luego, mantuvo a los rurales. Fue Carranza quien los desmanteló a mediados de 1914. A partir de entonces nació la leyenda negra de un cuerpo que en más de un sentido fue, como dice Vanderwood, “producto de una necesidad social”: la de contribuir a la seguridad de las partes del país más alejadas del control del Estado, a menudo con ayuda de hombres que estaban ya armados por su cuenta y que había que tener bajo el mando del gobierno.

ctello@milenio.com