Carta de viaje

El Estado que roba

“¿Qué”, preguntó, “este señor general Cosío Robelo, "jefe de la policía", viene a dar garantías a la sociedad o viene a robar?”

Los presidentes liberales de México en el siglo XIX fueron, en general, presidentes honestos y austeros: Benito Juárez y Porfirio Díaz en primer lugar, pero también Sebastián Lerdo de Tejada. El general Manuel González fue el único en presidir un gobierno acusado de corrupción, entre 1880 y 1884. El propio Díaz, luego de décadas de permanencia en el poder, abandonó el país, como es sabido, con las arcas del tesoro llenas. La costumbre de robar desde el poder es en gran medida algo que trajo consigo la Revolución.

En los tratados de Teoloyucan, con los que triunfa la Revolución en agosto de 1914, el general Álvaro Obregón prometió que habría de castigar “con la mayor energía a cualquier soldado o individuo civil que allane o maltrate cualquier domicilio” en la Ciudad de México. Pero no quiso cumplir el orden que prometió: todo lo contrario. Los oficiales del Ejército Constitucionalista saquearon la Ciudad de México. Esta historia de despojo la ilustra un episodio que no fue extremo, sino común: el del general Francisco Cosío Robelo, quien en el verano de 1914 era, él mismo, el inspector de la policía de la Ciudad de México.

La Revolución acababa de triunfar. El general Cosío Robelo era uno de sus dirigentes. Más de tres años atrás había sido prendido por las autoridades a causa de su filiación con los antirreeleccionistas que preparaban en la capital la sublevación del 20 de noviembre. Ahora estaba en el poder. Sus propios compañeros lo apodaban Róbelo, en alusión a su gusto por robar. Porque Róbelo ejecutó con puntualidad todas las acciones que debió de combatir como jefe de la policía de la Ciudad de México. Por esos días ordenó que se avanzara (esa era la expresión) un automóvil por conducto del capitán Gonzalo N. Santos, quien relataría el episodio en sus Memorias. El capitán Santos, oriundo de San Luis Potosí, era uno de los oficiales más jóvenes en el Ejército Constitucionalista. Acababa de cumplir apenas 17 años. En el momento de llegar a la residencia de su víctima, un viejo senador del antiguo régimen, reventó a tiros el cerrojo del zaguán para irrumpir con el resto de sus hombres hasta las alcobas. Ahí dormitaba, cobijado por su camisón, un hombre ya grande, con los bigotes muy blancos, senador en tiempos de Victoriano Huerta. Santos le presentó la orden de confiscación firmada por el general Cosío Robelo. El senador la leyó, y después, al ver un muchacho tan joven al mando de la tropa, reunió sus fuerzas para resistir a la provocación. “¿Qué”, preguntó, “este señor general Cosío Robelo, jefe de la policía, viene a dar garantías a la sociedad o viene a robar?”. Santos lo cogió de los bigotes y lo derribó con un golpe del cañón de su Colt 44. “Mire, viejo huertista hijo de la rechingada”, le dijo. “Usted personalmente me va a entregar ese automóvil sin hacerle ninguna trampa para que no camine, o le saco los sesos de un pistoletazo y me unto las botas con ellos”. El viejo senador se puso de rodillas en el borde de la cama, y pidió por caridad que no lo fueran a matar. Tocó un timbre para llamar al sirviente, a quien comunicó las instrucciones de poner en marcha los pistones del automóvil. El capitán Santos, entonces, guiñándoles a sus soldados, les ordenó que catearan el resto de los cuartos para ver si daban con algún documento que resultara comprometedor. “Ellos me entendieron muy bien”, recordaría con humor, “y al poco rato habían hecho un pequeño saqueo”.

Las arbitrariedades cometidas por los carrancistas los hicieron detestables a los ojos de los capitalinos. Pero fueron vistas por ellos mismos con un ánimo jocoso que sentó las bases de la indulgencia con que, en las décadas por venir, sus sucesores las verían desde el poder.

ctello@milenio.com