Carta de viaje

La Revolución mexicana en el marco del siglo XIX

La Revolución mexicana es vista normalmente como el comienzo del siglo XX: en ella tuvo su fuente de legitimidad el régimen político bajo cuya sombra vivimos hasta fines del siglo XX. Pero la Revolución también puede ser vista como el final del siglo XIX, pues es un final: el momento en que culminaron las tensiones acumuladas a lo largo del siglo XIX, entre ellas las relativas al problema de la tierra y a la cuestión del voto.

Al triunfar la Independencia, dos posturas dividieron a los mexicanos: ¿qué hacer con nuestra herencia colonial, heredada de la Nueva España? Unos pensaban que había que reivindicarla y adaptarla a las nuevas circunstancias, y que había que legislar para tener leyes acordes con las costumbres y tradiciones del pueblo, heredadas de la Colonia: fueron los conservadores. Otros, al contrario, pensaban que había que combatirla y destruirla, y que había que legislar para tener leyes que nos educaran en otros valores, acordes con la modernidad: fueron los liberales. La tensión entre las dos posturas fue resuelta en una guerra sangrienta: la Reforma, y en su prolongación en una guerra más: la Intervención. En esa contienda triunfó el partido liberal.

Es conocida la embestida de los liberales contra la Iglesia, pero menos conocida su arremetida contra los pueblos indios de México. Ellos sufren los efectos de la Ley Lerdo de 1856, que los obligaba a vender sus tierras, y luego los efectos de la Ley de Terrenos Baldíos de 1863, que les exigía demostrar, con títulos que a menudo no tenían, que los terrenos que habían sido denunciados como baldíos por abogados e ingenieros de la ciudad, en realidad eran suyos desde tiempos inmemoriales. La resistencia a la embestida liberal contra sus tierras comenzó de inmediato, y también la rebelión. En el valle de Chalco, un dirigente campesino llamado Julio López se levantó en armas contra las haciendas, en favor de los pueblos, pero fue sometido y fusilado en 1868 por el gobierno de Juárez. En la sierra de Nayarit, un líder indígena llamado Manuel Lozada se levantó para restituir las tierras usurpadas a los pueblos, pero fue perseguido y calumniado, y ejecutado en 1873 por el gobierno de Lerdo. Otros caudillos populares, que luchaban por la tierra, fueron reprimidos más tarde, en tiempos de Díaz. Eran precursores de Zapata, quien décadas después encarnó el problema no resuelto de la tierra al estallar la Revolución.

Junto con el problema de la tierra estaba la cuestión del voto. La Constitución de 1857 introdujo el sufragio universal en México. El problema era que daba ese derecho a los habitantes de un país pobre, convulsionado por la guerra, incomunicado, abrumadoramente analfabeta, que jamás había votado. El país estaba dividido en distritos, subdivididos a su vez en secciones de 500 personas. En teoría, cada sección (en casillas formadas por los primeros ciudadanos que llegaban a votar) designaba a un elector que, semanas después, se reunía con los otros electores en la cabecera distrital para elegir al presidente. En realidad, el Estado, por medio de los jefes políticos y militares de los distritos, era quien organizaba, calificaba y juzgaba la elección. Así fue en tiempos de Juárez, Lerdo y Díaz, y así sería en México —a pesar de la Revolución y de su lema: Sufragio Efectivo— hasta finales del siglo XX. Para resolver la cuestión del voto, liberales destacados en su tiempo defendieron en 1876 el principio de No Reelección. Díaz, al derrocar a Lerdo, reformó la Constitución para prohibir la reelección pero, 11 años después, la volvió a reformar para permitirla. La cuestión no resuelta del voto daría vida a Madero. Zapata y Madero: la tierra y el voto.

*Investigador de la UNAM (CIALC)
ctello@milenio.com