Carta de viaje

La revolución de Ayutla

Hubo esta semana algunas conferencias para conmemorar los 160 años de la proclamación del Plan de Ayutla, una de ellas ayer en el Inehrm. Qué bueno que no haya pasado del todo inadvertido este aniversario de un movimiento casi olvidado en México, a pesar de que es clave para entender lo que somos, pues su triunfo inspiró el Congreso Constituyente de 1856, que promulgó la Constitución de 1857.

El pronunciamiento fue concebido por el general Juan Álvarez en una reunión que tuvo en la hacienda de La Providencia con el coronel de milicias Ignacio Comonfort. En la reunión estuvieron presentes otras personas, entre ellas el hijo del general, don Diego. Juan Álvarez era un hombre ya grande, seguidor de Morelos y de Guerrero durante las guerras de la Independencia, que había conocido a Comonfort hacía apenas unos años, al ocurrir la invasión de Estados Unidos del Norte, a la que combatieron ambos en las batallas del valle de México. Comonfort era un comerciante de Puebla que había sido, antes y después de la invasión, diputado en el Congreso de la República y más tarde, hasta hacía muy poco, administrador de la aduana de Acapulco. Fue cesado de la aduana por el presidente Santa Anna, que lo conocía, pero Álvarez, entonces gobernador del Departamento de Guerrero, le dio el mando de la guarnición de Acapulco. Entre los dos redactaron el pronunciamiento contra Santa Anna que mandaron al coronel Florencio Villarreal, comandante de la Costa Chica, quien proclamó el plan en el pueblo de Ayutla, distrito de Ometepec, el 1 de marzo de 1854. El texto era sencillo. “Cesan en el ejercicio del poder público don Antonio López de Santa Anna y los demás funcionarios que, como él, hayan desmerecido la confianza de los pueblos”, decía el artículo 1º. Álvarez encabezó el pronunciamiento con el llamado Ejército Restaurador de la Libertad, bajo el lema de Dios y libertad, desde la hacienda de La Providencia. Comonfort lo apoyó con la guarnición de Acapulco. Ambos clamaban estar dispuestos a luchar hasta el final (“proclaman y protestan sostener hasta morir si fuere necesario”) el plan de la revolución de Ayutla.

El Plan de Ayutla fue proclamado contra la voluntad de volver al centralismo que simbolizaba el general Santa Anna. Fue la expresión de la hostilidad de los caciques del sur hacia el poder del centro. Condenaba el reclutamiento de los campesinos y el impuesto de capitación que pesaba sobre los pueblos, pero no hacía referencia a la necesidad de limitar los privilegios del Ejército y la Iglesia. Ello sucedería más tarde, el 11 de marzo, cuando Comonfort revisó el texto en Acapulco, sugiriendo la posibilidad de retomar las reformas antimilitares y anticlericales de Gómez Farías. Pero no dijo más: sabía que era necesario lograr en la nación el consenso más amplio para derrocar a Santa Anna.

La rebelión ardió en el norte de Oaxaca y en el sur de Michoacán, donde tuvo el apoyo de otro cacique más que había luchado en la Independencia, don Gordiano Guzmán. También prendió en otras regiones. En mayo, Santiago Vidaurri, cacique de Nuevo León y Coahuila, levantó a la guardia nacional de Lampazos contra el gobierno del general Santa Anna. Vidaurri había sido con frecuencia secretario de Gobierno en Nuevo León desde la década de los 30, así como también, desde los 40, comandante de las fuerzas encargadas de contener y reprimir las ofensivas de los comanches que bajaban de Texas. Tenía una fuerza muy considerable en esa parte del país. La revolución de Ayutla, a partir de ese momento, agrupó a los caciques del norte y a los del sur, y propició la participación de los liberales que estaban hasta entonces desterrados en Nueva Orleans, entre ellos Melchor Ocampo, quien estableció contacto con Vidaurri, y Benito Juárez, quien regresó a Acapulco por el istmo de Panamá para colaborar con Álvarez. En el curso del verano, además, varios personajes de peso en el país, algunos cercanos a Santa Anna, proclamaron el Plan de Ayutla. Estaban entre ellos Félix Zuloaga en Michoacán, Manuel Doblado en Guanajuato, Santos Degollado en Jalisco y Antonio Haro y Tamariz en San Luis Potosí. La revolución de Ayutla no fue así nada más una rebelión del sur. Tampoco un movimiento encabezado solo por los liberales. En ella estaban representadas todas las fuerzas (desde Zuloaga hasta Juárez) que luchaban contra el gobierno personalista y centralista de Santa Anna.

El presidente Santa Anna abandonó el país en agosto de 1855, el mes en que se pronunció la guarnición de México. Juan Álvarez tomó posesión como presidente el 4 de octubre, para renunciar poco después, en diciembre, y ser sustituido por su ministro de Guerra, el ya general Ignacio Comonfort. Con él dieron inicio los trabajos del Congreso Constituyente —ellos sí dominados por los liberales— que concluyeron en la Constitución de 1857, con la que el país dejó por fin de vivir bajo las instituciones heredadas desde la Colonia.

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