Carta de viaje

Las reglas de la guerra

La guerra es siempre juzgada dos veces: primero en relación con las razones que tiene el Estado para hacerla y segundo en relación con los medios que utiliza para hacerla.

La declaración de guerra que hizo hace ocho años el Estado al crimen organizado puso a discusión la justicia de esa guerra en México. Las matanzas de Tlatlaya y de Tanhuato han puesto a discusión, ahora, la justicia dentro de esa guerra. La guerra es siempre juzgada dos veces: primero en relación con las razones que tiene el Estado para hacerla y segundo en relación con los medios que utiliza para hacerla. El primer juicio tiene que ver con un adjetivo: decimos si una guerra en particular es justa o injusta. El segundo juicio, en cambio, tiene que ver con un adverbio: decimos que una guerra en especial está siendo combatida justamente o injustamente. Esta distinción fue hecha con exactitud por los filósofos escolásticos de la Edad Media que primero pensaron en el tema, como Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria. Distinguieron jus ad bellum, la justicia de la guerra, de jus in bello, la justicia dentro de la guerra. “Estos dos tipos de juicio”, escribió Michael Walzer en el libro clásico que dedicó a la guerra, al reflexionar sobre este tema, “son lógicamente independientes. Es perfectamente posible que una guerra justa sea combatida injustamente y que una guerra injusta sea llevada a cabo con estricto apego a las reglas”.

Ninguna de las dos preguntas (¿es justa la guerra?, ¿está siendo librada justamente?) tiene una respuesta unánime en México. Hay quienes piensan que no es justa la guerra emprendida por el Estado contra el crimen organizado (en el sentido de que no es efectiva: una guerra no puede ser justa si no es al mismo tiempo efectiva, argumentaba Tomás de Aquino). Aunque es cierto que el consenso está cada vez más inclinado en el sentido de que la guerra del Estado contra el crimen organizado es una guerra justa. Ahora bien, si es correcto resistir a la agresión del crimen organizado (como a cualquier otra agresión, venga de donde venga), la resistencia debe estar sujeta a reglas morales y legales. “La guerra se distingue del asesinato y de la masacre solo cuando son establecidas restricciones en el ámbito de la batalla”, subraya de nuevo Walzer.

En Tlatlaya fue demostrado que los delincuentes enfrentados con las fuerzas del Estado no murieron en combate: 15 de los 22 fueron ejecutados. En Tanhuato hay razones para pensar que sucedió algo similar con los 42 delincuentes que resultaron muertos (hubo un solo policía que falleció en la acción). Es probable que muchos de ellos, ya rendidos, hayan sido ejecutados, como sucedió en Tlatlaya. Esto sucede con frecuencia en las guerras —y sucede por una de dos razones, que son distintas—. A veces sucede porque los soldados, excitados por la sangre del combate, por el miedo, pierden el control sobre sí mismos: un soldado no es una máquina que puede ser apagada en el momento exacto en que termina un enfrentamiento. Y a veces, en cambio, sucede porque los soldados reciben órdenes en ese sentido de sus oficiales, órdenes de no tomar prisioneros, de matar a todos, por las razones que sean: un soldado que acata una orden es alguien no totalmente responsable de sus actos. ¿Qué pasó en Tanhuato, si en efecto los delincuentes fueron ejecutados? ¿Las ejecuciones, si lo fueron, ocurrieron al calor del combate o como resultado de una orden?

No debemos permitir que, con sus órdenes, los mandos del Ejército violen las reglas de la guerra contra el crimen organizado en México. Debemos exigir, también, que los soldados cumplan esas reglas, siempre. Pero en el caso de los soldados, que viven mal, expuestos al miedo y a la muerte, debemos ser también empáticos, no solo exigentes. No veo con claridad esa empatía en los medios. Al contrario. El ambiente en su contra lo capta bien la caricatura de Calderón ayer en Reforma, que muestra a un criminal con un letrero que dice presuntoinocente y a un soldado con otro que dice presunto culpable.

ctello@milenio.com