Carta de viaje

Recuerdo de Rafael Tovar y de Teresa

Rafael Tovar y de Teresa fue director del Instituto Nacional de Bellas Artes, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y secretario de Cultura —el primer secretario de Cultura en México—. Al frente del Conaculta, que dirigió en tres ocasiones, fue creador de instituciones, impulsor de proyectos y constructor de espacios de encuentro que son parte de los rasgos que dan identidad a la capital del país, como el Centro Nacional de las Artes. Su trabajo como promotor de la cultura ha sido comparado, con justicia, con el de los más grandes: José Vasconcelos y Jaime Torres Bodet. No puedo pensar en otro que esté, como él, a esa altura en esta última mitad de siglo. Rafael era también diplomático, abogado y escritor. Tenía una serie de cualidades que son difíciles de reunir: sabía escuchar y dialogar, proponer y negociar, actuar con honestidad, lidiar con las vanidades de su gremio, conciliar las posturas en disputa, mantener puentes abiertos con todo el mundo. Por eso se volvió imprescindible. Comparto la opinión escueta y exacta del compositor Mario Lavista. Rafael era, dijo, un hombre decente, bueno y culto.

Es conocido el promotor de la cultura. Yo quiero evocar aquí al amigo. Lo conocí en diciembre de 1982, recuerdo muy bien, en una de las fiestas que daba Juan Soriano en su casa de París. Entonces, Rafael tenía apenas 28 años. Pero parecía mayor: era cauto, formal, estaba ya casado, tenía dos hijos, había sido director general de Asuntos Culturales en la cancillería, tenía entonces —a esa edad— rango de ministro en la Embajada de México en Francia. Lo curioso es que, con el paso de los años, conforme fue creciendo, Rafael, que a los 28 años parecía mayor, se volvió cada vez más joven. Como si hubiera rejuvenecido. En sus gestos y sus palabras había siempre algo fresco. Tenía la curiosidad y el entusiasmo de un adolescente o de un niño. Por eso su muerte fue tan triste para todos sus amigos: era la de alguien que estaba fascinado con la vida, que se abría frente a sus ojos.

Rafael era una persona con intereses muy diversos, querido y admirado por personas muy distintas. Su pasión por la música lo acercó con unos, su amor a la literatura y al arte lo hizo comulgar con otros. A mí me unió con él una especie de nostalgia. Rafael tenía dificultad en disimular —como funcionario sabía que debía ser prudente— su nostalgia por el paraíso perdido que, para él, representaba México en el ocaso del siglo XIX, al despuntar la aurora del siglo XX. Es el tema de sus tres libros: Paraíso es tu memoria, El último brindis de don Porfirio y De la paz al olvido. Era ahí donde estaba más a gusto. Rafael vivió de niño en la casa de su abuelo, a quien conoció muy bien, don Guillermo de Teresa. Vivió ahí rodeado de libros, miles de libros, entre las fotos que recordaban la quinta de sus bisabuelos en la calle de Gelati, en Tacubaya. Rafael añoraba aquel lugar de ensueño. Era como el paraíso. Y ahí me lo imagino ahora: subido en el trenecito de la casa de sus bisabuelos, el que le daba la vuelta al estanque del jardín, reunido con su hermano, viendo a sus hijos crecer, rodeado de sus primos y sus tíos y al lado de sus abuelos, en el corazón del país que tanto quiso.

*Investigador de la UNAM (CIALC)