Carta de viaje

La pregunta de Kaláshnikov

¿Son culpables de algo los creadores de las armas que más matan? ¿Es lo mismo concebir una computadora personal que una bomba atómica?

El hombre

Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov nació el 10 de noviembre de 1919 en Kuria, un poblado de Siberia. Acababa de triunfar la Revolución de Octubre y de estallar la guerra civil en Rusia, pero Mijaíl Kaláshnikov tuvo una vida más o menos normal —terminó sus estudios, trabajó después en el ferrocarril de Turkestán-Siberia— hasta que la historia trágica de su país lo alcanzó en el verano de 1941, con la invasión de los tanques del Tercer Reich. Kaláshnikov combatió como suboficial de carros de combate en la Gran Guerra Patria. En octubre de 1941 fue herido en un brazo por una bomba en la batalla de Briansk. Durante su convalecencia, según sus biógrafos, comenzó a concebir el arma que en 1944 presentó al Ejército Rojo, un fusil de asalto de fuego muy rápido, que perfeccionó mientras las tropas de su país avanzaban hacia Alemania y que terminó de diseñar en el año de 1947: el AK-47 (acrónimo de Avtomat Kalashnikova, 1947). El AK-47 sería adoptado de inmediato como fusil de asalto por el Ejército Rojo y Kaláshnikov sería condecorado con la Orden de Stalin de Primera Clase. Su arma tendría desde entonces veintidós nuevos modelos construidos a partir del proyecto original.

El arma

El AK-47 es un fusil de asalto capaz de funcionar bajo las condiciones de clima más adversas: con arena, con lodo, con agua, con hielo y nieve. Nunca se encasquilla. Es fácil de usar y fácil de transportar, muy cómodo para maniobrar, con un gatillo sensible que dispara con certeza. Por eso es el arma oficial de los ejércitos de más de sesenta países en el mundo —y desde luego, el arma más común de guerrilleros y liberadores, terroristas y capos de la droga. “Es capaz de transformar en combatiente a un chango”, clamaba el líder congolés Kabila. Los soldados americanos lo descubrieron por primera vez —lo desarmaron y lo estudiaron, aterrados— durante la guerra de Vietnam (era el arma del Vietcong). Varias personalidades sucumbieron desde entonces bajo las balas del AK-47: Allende en 1973, Sadat en 1981, Dalla Chiesa en 1982, Ceausescu en 1989. Y miles, cientos de miles de desconocidos. “No hay en el mundo ninguna cosa, orgánica o inorgánica, objeto metálico, elemento químico, que haya provocado tantas muertes como el AK-47”, afirma Roberto Saviano en Gomorra, el libro que escribió sobre la camorra de Nápoles. “El Kaláshnikov ha matado más que la bomba atómica de Hiroshima y Nagasaki, más que el virus del sida, más que la peste bubónica, más que la malaria, más que todos los atentados de los fundamentalistas islámicos, más que la suma de los muertos de todos los terremotos que han asolado la Tierra”.

La carta

Mijaíl Kaláshnikov falleció en diciembre de 2013 en Ijvest, la capital de Udmurtia, a mil 300 kilómetros al este de Moscú, y tuvo funerales de Estado presididos por el presidente Vladimir Putin. “Su nombre se ha convertido en un símbolo de la fiabilidad y la gloria del Ejército ruso”, afirmó en su entierro Serguéi Shoigú, el ministro de la Defensa. Kaláshnikov había estado toda su vida satisfecho de su creación. “Estoy orgulloso de que para muchos sea un sinónimo de libertad”, afirmó, y con razón: el AK-47 es parte incluso de la bandera de Mozambique. Luego comenzó a sentir la necesidad de dar explicaciones. “Duermo bien”, dijo. “La culpa es de los políticos, por no llegar a un acuerdo y recurrir a la violencia”. En 2012, sin embargo, dejó de trabajar por problemas de salud y fue entonces, al enfrentar su fin, que se hizo a sí mismo las preguntas que tenía pendientes. Una de ellas la hizo en forma de carta en abril de 2013 a Kirill, el patriarca de la Iglesia ortodoxa en Rusia: “Mi dolor espiritual es insoportable. Una y otra vez me hago la misma pregunta que no puedo responder: si mi fusil terminó con la vida de tantas personas, ¿puede ser que yo sea culpable de esas muertes, aunque fueran las muertes de los enemigos?”. Varios diarios comentaron esa carta hace unos días, junto con la respuesta (banal) del secretario de prensa del patriarca: “La Iglesia ortodoxa tiene una posición muy clara: cuando las armas sirven para proteger a la patria, la Iglesia apoya a sus creadores y a los soldados que las utilizan”. Pero es pertinente la pregunta de Kaláshnikov. ¿Son culpables de algo los creadores de las armas que más matan? ¿Es lo mismo concebir una computadora personal que una bomba atómica? ¿Debemos venerar al inventor del instrumento más eficaz para matar? Sabemos que a Alfred Nobel le atormentaba, al final de su vida, constatar el uso que hacía el hombre de su invento: la dinamita. Sintió que también él era culpable, como lo sintió también, al fin de su vida, el inventor y soldado Mijaíl Kaláshnikov.

ctello@milenio.com