Carta de viaje

El periodista

A lo largo de su carrera, durante más de 70 años, antepuso su vocación a todo lo demás. Estuvo incluso dispuesto a hacer concesiones importantes a favor del periodismo, concesiones a veces cuestionables, que lo llevaron a ser lo que nadie disputa: el mejor periodista mexicano en la segunda mitad del siglo XX.

El último recuerdo que tengo de Julio Scherer data de 2006. Estábamos en una recepción en las oficinas de Proceso, poco antes de la Navidad. Un grupo de colaboradores de la revista rodeábamos a don Julio, quien estaba vestido con un suéter grueso de lana y nos contaba que acababa de coincidir hacía poco con el ingeniero Carlos Slim en la costa de Jalisco. Decía que le preguntó cómo estaba, y que el hombre más rico del mundo le contestó así: “¿Del uno al diez…? Como por siete”. Y que luego Slim le preguntó, a su vez, que cómo estaba, y que él le respondió así: “Yo estoy siempre entre cero y diez”. Me encantó escuchar esta historia, el relato de su breve encuentro con Slim, entre otras razones porque así recuerdo a Scherer. Como un hombre de pasiones.

La noticia de su muerte me ha puesto a releer Los periodistas, la gran novela sin ficción de Vicente Leñero, muerto también hace apenas un mes, su compañero en Excélsior y en Proceso, a quien el propio Scherer le dedicó la última nota periodística que escribió en su vida, a finales de 2014. Ahí leí algo que no recordaba. Desde los 18 años, Julio Scherer trabajaba como mandadero de la redacción en Excélsior. A los 23 comenzó a publicar reportajes en el diario y, a los 42, se convirtió en su director. Era el 1 de septiembre de 1968. El movimiento estudiantil estaba a punto de ser reprimido por el Estado en Tlatelolco. “Molesto porque Excélsior no juzgaba el conflicto estudiantil de 1968 con los criterios oficiales obedecidos puntualmente por los demás diarios”, escribió Leñero, “el presidente Gustavo Díaz Ordaz emprendió una campaña contra Excélsior. Scherer y algunos colaboradores recibieron amenazas, estalló una bomba en las oficinas de Reforma 18 y el director fue insultado en la residencia de Los Pinos. Frente a frente, con el escritorio de por medio, Díaz Ordaz empezó reclamando a Julio Scherer los puntos de vista sustentados por su periódico. En el momento de responder, Scherer descubrió una pequeña caja de cerillos en el escritorio presidencial y la paró de canto. Dijo: Mire usted, señor presidente, ésta es una simple caja de cerillos pero desde su lugar usted ve una caja de cerillos diferente a la que yo veo desde aquí. Lo mismo ocurre con el problema de los estudiantes. A manera de respuesta Díaz Ordaz agrió el gesto y gritó furioso a Julio Scherer. ¡Hasta cuándo dejará usted de traicionar a este país!”.

Su paso al frente de Excélsior comenzó con aquel desencuentro con el presidente Díaz Ordaz y terminó, como todos saben, con su choque con el presidente Echeverría. “Excélsior era un periódico como los otros; gracias a la nueva coyuntura política y, sobre todo, gracias a la iniciativa de su director, Julio Scherer, se transformó en un periódico distinto a los otros”, escribió Octavio Paz, quien trabajó con él al frente de Plural, la revista mensual que publicaba Excélsior. “No todo lo que se dijo en Excélsior coincide con lo que yo pienso y creo. Más de una vez estuve en desacuerdo con muchos de sus colaboradores. No defiendo sus opiniones: defiendo su derecho a sostener ideas distintas a las mías”. En el verano de 1976, Paz fue uno de los muchos intelectuales que salieron de Excélsior al lado de Scherer. Criticó con elocuencia lo que acababa de pasar. “No asistimos al triunfo de una ideología verde, roja o negra”, dijo, “asistimos al triunfo del color gris, el color del conformismo y la pasividad”. Pero el triunfo del gris, en su casa de trabajo, provocó una dispersión que, al final, enriqueció al periodismo en México. Octavio Paz fundó la revista Vuelta; Manuel Becerra Acosta, al frente de otro grupo, fundó Uno más Uno. Y Julio Scherer fundo un semanario, Proceso, que haría historia en el periodismo de investigación en México.

“Si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”, dijo Julio Scherer en la nota que introdujo la plática que sostuvo hace unos años con El Mayo Zambada, para Proceso. Tenía toda la razón: un periodista no debe pensar de otra manera. Y él era sobre todo eso, un periodista. A lo largo de su carrera, durante más de setenta años, antepuso su vocación a todo lo demás. Estuvo incluso dispuesto a hacer concesiones importantes a favor del periodismo, concesiones a veces cuestionables, que lo llevaron a ser lo que nadie disputa: el mejor periodista mexicano en la segunda mitad del siglo XX.

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