Carta de viaje

Todo lo que ha pasado

Han pasado cerca de dos meses desde entonces y el país ha cambiado por completo. En el curso de la vida de muchos de nosotros no había ocurrido algo tan grave.

La primera reacción fue de incredulidad por lo que acababa de ocurrir la noche del 26 de septiembre en Iguala. ¿Cómo era posible que desaparecieran, sin dejar rastros, más de cuarenta estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa? ¿Qué había sucedido con ellos? ¿Los tenía detenidos la policía del municipio, que los sacó de los camiones donde viajaban para boicotear esa noche —según una versión— el acto que iba a encabezar la esposa del alcalde de Iguala? ¿Permanecían escondidos, para no sufrir más represalias? ¿Habían sido entregados al crimen, como insistían algunos? ¿Estaban acaso muertos, todos, los cuarenta y tres? ¿Pero por qué? ¿Qué razones podían tener sus asesinos para actuar de una forma tan cruel y desalmada, y tan absurda? ¿Quiénes eran éstos? ¿Cómo era posible que una atrocidad así sucediera en el país? No, no era posible, no podía ser. Pero conforme pasaban los días parecía cada vez más que lo increíble, lo que no podía ser cierto, era verdad: los normalistas no estaban escondidos, no permanecían secuestrados: estaban casi seguramente muertos, habían sido asesinados con el consentimiento de una autoridad coludida con el crimen.

Han pasado cerca de dos meses desde entonces y el país ha cambiado por completo. En el curso de la vida de muchos de nosotros no había ocurrido algo tan grave.

El canciller dijo hace tiempo, con razón, que el mundo nos iba a juzgar por la respuesta que diéramos a la tragedia de los estudiantes de Ayotzinapa. Nosotros también nos vamos a juzgar a nosotros mismos, como nación, por la respuesta que demos.

¿Cómo ha sido esa respuesta?

Al principio, junto con el miedo y la tristeza, y la incredulidad que persistía, predominaron la indignación y el escándalo, el rechazo a vivir en un país en el que podía ocurrir una cosa así. La izquierda, en todas sus versiones, estuvo desde el principio especialmente involucrada: la desaparición de los normalistas, identificados por tradición con posiciones cercanas a la guerrilla, ocurría en un estado gobernado desde hacía años por el PRD, en un municipio controlado por el PRD, apadrinado por un dirigente de la izquierda (antiguo alcalde de Iguala y antiguo senador del PRD) que era de hecho el candidato de Morena para el gobierno de Guerrero.

Pero el impacto de lo que acababa de pasar alcanzó también muy pronto, por su gravedad, al gobierno federal y al Presidente de la República. El procurador no transmitía los resultados de la investigación a su cargo con el tacto y el cuidado que eran necesarios, y parecía querer dar por concluidas las pesquisas a partir del testimonio de unos sicarios. Y el Presidente pareció insensible a la tragedia al no cancelar un viaje de trabajo al extranjero —y más: pareció pasmado, paralizado ante la incapacidad de su gobierno para corregir el rumbo, en un momento de debilidad por la frustración de las expectativas de crecimiento y bienestar que había en el país—. Las movilizaciones comenzaron a pedir su renuncia, junto con la de muchos otros, a menudo con violencia: pintas, fuego, vidrios rotos. Los ánimos están desde entonces divididos y crispados.

En este contexto de debilidad del gobierno, con movilizaciones dirigidas a atacar al Presidente y al proyecto que impulsa en México, fue revelado un caso de corrupción que atenta contra él en persona, un golpe a su integridad, que afecta la autoridad moral que en este momento en especial debe tener el jefe del Estado en México. El Presidente tiene con su familia una casa lujosa a nombre de un contratista que ha sido beneficiado por él mismo desde que era gobernador del Estado de México y que lo sigue siendo ahora que es Presidente de la República. El Presidente canceló la licitación del tren México-Querétaro, de cuyos beneficiarios uno era este contratista, y su esposa acaba de anunciar que vende los derechos adquiridos sobre la casa en cuestión. Pero no parece que todo vaya a concluir aquí, en parte porque faltó algo: reconocer que está mal y pedir una disculpa.

ctello@milenio.com