Carta de viaje

La opinión: inconstante y voluble

La encuesta nacional que Buendía y Laredo acaba de dar a conocer en El Universal muestra que 51 por ciento de los mexicanos reprueba —y 42 por ciento de los mexicanos aprueba— el trabajo de Enrique Peña Nieto como Presidente de la República. Una diferencia grande, de 9 puntos. Pero la noticia no fue esa, fue otra. Porque la aprobación del Presidente aumentó, en efecto, 7 puntos respecto a la encuesta más reciente, realizada en agosto de 2016. "Tanto la aprobación como las opiniones positivas sobre el presidente Enrique Peña Nieto han tenido un ligero aumento en el último trimestre", afirma el periódico. "En el caso específico de la aprobación, ésta pasó de 35 por ciento en agosto del presente año a 42 por ciento en el mes en curso. Esta mejoría en las opiniones en torno al presidente Enrique Peña Nieto se observa en prácticamente todos los reactivos que califican al jefe del Ejecutivo federal".

El nivel de calificación del Presidente es bajo todavía: predomina la reprobación con 51 por ciento, pero la tendencia es buena: mejoró 7 puntos. ¿Por qué?

Dos factores explican el repunte, refiere Jorge Buendía. Uno es el hecho de que la calificación del presidente Peña Nieto, que tocó fondo en agosto luego de la fuga de El Chapo Guzmán unas semanas antes, ha tendido con el tiempo —diluida esa impresión— a regresar al nivel que tenía antes de la evasión del penal de máxima seguridad de El Altiplano. Otro es el hecho de que hay indicadores que sugieren una mejoría en la economía de la gente: el ingreso por persona lleva tres trimestres consecutivos al alza, según Coneval, y el índice de confianza del consumidor muestra asimismo un crecimiento de 84 a 88 puntos entre agosto, que tocó fondo, y noviembre, que fue dada a conocer la encuesta.

Estas razones explican, en parte, el repunte de 7 puntos. Pero hay también un factor no explicado, irracional en apariencia, y quizá también en realidad, en los sentimientos de la gente, que cree y dice una cosa hoy y cree y dice otra cosa totalmente distinta mañana. Que hoy piensa que esto está bien y mañana piensa que esto, lo mismo, está mal. Es lo que vi con claridad al leer el libro que Rafael Tovar y de Teresa acaba de publicar con el sello de Taurus: De la paz al olvido: Porfirio Díaz y el final de un mundo. En 1910, desde que vuelve a la capital luego de su entrevista con el presidente Taft, y sobre todo durante las fiestas del Centenario, don Porfirio no hace más que recibir las ovaciones del pueblo de México, mientras Francisco Madero es el objeto de toda clase de burlas, que lo ridiculizan por espiritista ("don Panchito está loco"). Todo cambia en unos meses. En 1911, Díaz es abucheado y rechazado, y su casa acordonada por la tropa para protegerla de la furia del pueblo, y Madero es recibido a su regreso al país como un héroe, con fiestas en Torreón, Zacatecas y Aguascalientes: "Las señoras le lanzan ramilletes de flores, los niños cantan el Himno Nacional y los revolucionarios lanzan tiros al aire". En 1912, sin embargo, todo vuelve a cambiar. Los revolucionarios, que apenas unos meses antes apoyaron a Madero, ahora lo agreden: Emiliano Zapata se levanta en armas con el Plan de Ayala, secundado por Pascual Orozco, y el presidente tiene que recurrir a Victoriano Huerta.

El poeta Ramón López Velarde, partidario de Madero, escribía así en "Ayer y hoy", a propósito del cambio de opinión que ocurrió en 1912: "Es curioso observar cómo las multitudes que ayer gritaban mueras al general Díaz hoy prorrumpen en vítores en su honor". Era curioso y lamentable. "Nosotros, lo declaramos con sinceridad y franqueza, lamentamos esa volubilidad del público (...) Quienes se declaran hoy porfiristas habiendo sido hace pocos meses antireeleccionistas, demuestran carecer de convicciones y proceden únicamente por impulsos de sentimiento". Es lo que explica la volubilidad de la opinión: la falta de convicciones, la preponderancia de los sentimientos. Ayer como hoy.


ctello@milenio.com