Carta de viaje

Malas noticias

Sabemos que las noticias son, generalmente, malas noticias. Las noticias que son buenas casi nunca son noticias. No news good news, dice la frase en inglés, que los italianos aseguran que tiene su origen (nulla nuova buona nuova) en Italia, en el siglo XVII. Es posible que sí. Los mexicanos del siglo XIX usaban una expresión para decir que las cosas estaban bien: sin novedad. Todos la entendemos, a pesar de ser hoy menos común, porque las noticias son por lo general, en efecto, malas noticias. Así lo sabemos. Pero desde hace tiempo, las malas noticias resultan abrumadoras. Son las noticias de todos los días en Estados Unidos. Han sido abundantes en las fechas más recientes. Una crisis nuclear con Corea del Norte; una inundación catastrófica en Houston; un huracán devastador en Florida y Puerto Rico; un asesinato masivo en Las Vegas; un violador frenético en Hollywood; una ola de incendios mortíferos en el norte de California; un presidente siniestro peleado con todo el mundo, que amenaza con retirar la licencia a la NBC, anular el Plan de Energía Limpia, destruir el sistema de salud de Obama, tirar a la basura el TLC.

En Europa, las malas noticias abundan también, centradas ahora en España, donde estalló una crisis en la que todos pierden, como sucedió también en Inglaterra con el brexit. Y abundan también en América Latina (el drama de Venezuela), en Asia (la tragedia de los rohingya en Myanmar), por supuesto en África (entre muchas otras, la hambruna en Sudán) y también en el Ártico (el deshielo que no para) y en la Antártida (donde murieron de hambre, estos días, decenas de miles de pingüinos Adelaida). En nuestro país, desde luego, las malas noticias son el pan de cada día.

¿Qué podemos hacer frente a las malas noticias? Una opción es cerrar los ojos: no verlas en la televisión, no escucharlas en el radio, no leerlas en la prensa. Es la que Vicente Fox recomendaba a los mexicanos cuando era Presidente, en una declaración que hizo en Querétaro. “¿Usted lee el periódico? ¡Mejor, va usted a vivir más contenta!” La ignorancia como condición de la felicidad. Todo el mundo condenó las palabras de Fox. Pero tenía razón. Cerrar los ojos ante lo que no queremos ver es una forma muy común de hacer más llevadera la vida. Los cerramos todo el tiempo. El problema con Fox es que un presidente, como era él, no puede cerrar los ojos ni invitar a los ciudadanos a que los cierren. Porque las malas noticias son también, casi siempre, problemas que hay que enfrentar para poder resolver.

Las malas noticias que nos llegan de Estados Unidos, que nos preocupan, nos deben ocupar, por la relación que tenemos con ese país. Ahora mismo nos afectan las que tienen que ver con el TLC. Estamos dispuestos a negociar, pero debemos tener claro que nuestra contraparte es impermeable a la negociación, por la irracionalidad de su postura. The Washington Post reveló un documento de dos páginas, divulgado por El País, que puso en la mesa, durante las negociaciones, el consejero comercial de la Casa Blanca. El documento argüía que el TLC provoca cierre de fábricas y caída de salarios en Estados Unidos, pero también más mortandad, más drogas, más abortos, más crímenes, más pobreza, más violencia, más infertilidad. A veces, en la vida, tenemos simplemente que aceptar las malas noticias.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com