Carta de viaje

La locura de Carlota

La emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano, nació en 1840 y murió en 1927. Vivió 87 años, de los cuales 60 transcurrieron en las sombras de la locura. Existe una infinidad de biografías, pero muy pocas hablan de esa etapa de su vida. (Una excepción es la de Suzanne Desternes y Henriette Chandet, Maximiliano y Carlota, publicada en México en 1867 por la editorial Diana, pero es eso: una excepción.) ¿Qué hizo Carlota al dejar de ser emperatriz de México? ¿Qué le sucedió en todos esos largos años de locura?

La Gacette de Siége publicó en el otoño de 1872, en Bélgica, un testimonio que recrea la vida de Carlota, luego de perder la razón a su regreso a Europa (lo retomó en México el periódico El Regenerador, el 8 de noviembre de 1872). "Físicamente, el estado de la infortunada princesa es mejor que nunca, pues se ha mejorado en dos años, sin que ningún alivio ni cambio alguno se haya operado en su estado intelectual. La pérdida de la razón es completa". Así comienza el reportaje. "La ex emperatriz tiene el espíritu sombrío", abunda. "Vive muy retirada, y hasta cierto punto sola, en dos cuartos del palacio, donde ella misma preside a los cuidados y arreglos de su pequeño hogar". ¿Qué hacía? "Come siempre sola y en pie. Va ella misma a buscar en un gabinete contiguo los platos que se le ponen allí sobre una mesa; los lleva uno a uno a su aposento, y los vuelve a poner donde estaban. Esta manía es ciertamente muy original, pero tiene aún otras: se empeña en encender y cuidar por sí misma la lumbre de su chimenea y las numerosas bujías de que se sirve. Es friolenta y quiere siempre un gran fuego. Para evitar desgracias se puso un enrejado con cerradura delante del fuego, cuya precaución ha irritado mucho a la princesa, suscitando vivas quejas de su parte contra las personas que se le acercaban, pero que no podían entregarle la llave". La tragedia que vivió con su marido todavía la perseguía. "La mayor parte del día lo pasa en enviar telegramas a Napoleón III, que en su concepto todavía reina en las Tullerías, y en conversar con los espíritus mal definidos que cree ver andar por los pisos superiores del palacio", explica el reportaje. "A cada momento manda que le hagan ricos trajes y tocados, y los coloca todos en atriles o perchas, donde practica el ceremonial de las recepciones de corte, creyendo que aquellos vestidos y sombreros representan damas de Francia y de México. Habla dulcemente a unas y riñe a otras, y así pasa una parte de sus días. Por lo demás, nunca viste ninguno de aquellos trajes acumulados, y solo usa peinadores o batas. Hace tiempo que se hizo cortar su magnífica cabellera lo más corta que pudo, y adornó con ella a uno de sus maniquíes, lo cual no impide que se haga peinar todas las mañanas por una de las pocas criadas que suele admitir en su presencia". De vez en cuando salía a dar un paseo por el parque, pero sola. "Ningún afecto ha quedado en su corazón, ni siquiera para sus hermanos que tanto la quieren", afirma el testimonio. "Ya no abriga el temor de ser envenenada, pues come con buen apetito todo lo que se le lleva al vecino aposento de que he hablado. Se acuesta por sí sola en un lecho muy modesto, y no permite que nadie le ayude a vestirse, ni que se le preste servicio alguno cuando se baña, lo que hace con frecuencia". El reportaje acaba con estas palabras: "Toda esperanza de curación intelectual se ha perdido. (...) La triste convicción que sobre esto existe, es tanto más dolorosa, cuanto que la magnífica salud de la princesa le promete una vida muy larga todavía". Habría de vivir aún 55 años más.


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