Carta de viaje

El juicio de Maximiliano

Maximiliano fue recluido con algunos de sus seguidores en el convento de los Capuchinos, en Querétaro. El gobierno de Juárez anunció que sería juzgado por la Ley del 2 de Enero de 1862, “que define los crímenes contra la independencia y la seguridad de la Nación”. El proceso comenzó el 12 de junio en el Teatro Iturbide. Maximiliano, juzgado in absentia, fue defendido por abogados muy prominentes, uno de los cuales, Mariano Riva Palacio, era padre del autor de Mamá Carlota. Pesaban en su contra las atrocidades cometidas por los soldados del Imperio, como las del coronel Dupin. Pesaban también los decretos más brutales de su gobierno, que costaron tantas vidas, como aquel que disponía que todos los republicanos sorprendidos con las armas en la mano serían fusilados sin apelación en menos de 24 horas. El 14 de junio, los miembros del consejo de guerra dejaron la sala del juicio para deliberar a solas. Diez horas más tarde, ya de noche, sin discrepar sobre la culpa del prisionero, pusieron a votación su castigo. Al entrar de nuevo, el secretario enumeró los crímenes de Maximiliano, así como los de Miramón y Mejía. Después leyó su sentencia: la muerte.

El 16 de junio, a mediodía, los reos conocieron su condena. Serían fusilados ese día, a las tres de la tarde. Maximiliano, al recibir la noticia, estaba tranquilo. El día anterior había sido notificado de la muerte de Carlota. “Acabo de saber que mi pobre esposa ha sido relevada de sus sufrimientos”, dijo. “Esta noticia, tanto como rompe mi corazón, es por otra parte, en el momento actual, de un consuelo inaudito para mí”. Sin perder la calma dictó su voluntad antes de morir. Al doctor Basch le detalló las instrucciones para su propio embalsamamiento; al general Escobedo le pidió que los miembros del pelotón le dispararan al pecho para que su madre no tuviera la pena de verlo desfigurado. Hacia las dos de la tarde, en unión de sus generales, comulgó en manos del padre Soria. Sonaron las tres de la tarde en el reloj de los Capuchinos. Entonces llegó un oficial con la orden de aplazar la ejecución para el 19 de junio.

En esos tres días de gracia, Maximiliano supo que era falsa la noticia de la muerte de Carlota. Ignoró hasta el final, en cambio, que su hermano Francisco José le había restituido sus derechos en Austria. Todos en ese momento trataban de salvarlo. Algunos de los hombres más famosos de su tiempo pidieron clemencia a Juárez, entre ellos el poeta Victor Hugo y el patriota Giuseppe Garibaldi. Una de las mujeres más bellas del Imperio, la princesa Salm-Salm, ofreció su cuerpo maravilloso, se dijo, para sobornar a los guardias de Maximiliano. Hubo también generosidad entre los prisioneros. El 17 de junio, el emperador escribió a Juárez para pedir, sin éxito, el indulto de Miramón y Mejía. Al mismo tiempo, Escobedo le ofreció la libertad a Mejía, quien tiempo atrás le había salvado la vida, pero Mejía, enfermo de tifoidea, no quiso abandonar a Maximiliano. El destino de los reos era la muerte. Ellos lo sabían. “Estoy aquí porque no le hice caso a mi mujer”, lamentaba con humor el general Miramón. “Yo estoy aquí porque sí le hice caso”, le contestaba Max.

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*Investigador de la UNAM (CIALC)