Carta de viaje

El joven Camus

Nació el 7 de noviembre de 1913 en Mondovi, cerca de Annaba, Argelia, el enorme y vacío territorio al norte de África que en 1834 fue anexado por Francia. Lucien Camus, el padre, nacido ahí, hijo de un colono originario de Alsacia, trabajaba para un negociante de vino en Argel y Catherine Sintès, la madre, nacida también en Argelia, era de familia originaria de Menorca, España. Tuvieron dos hijos, el segundo de los cuales recibió el nombre de Albert. Como muchos otros franceses que marcaron la segunda mitad del siglo XX (filósofos como Jacques Derrida,
empresarios como Gilbert Trigano, diseñadores como Yves Saint Laurent) Camus nació también en el norte de África.

Su niñez fue trágica. El padre, movilizado en septiembre de 1914 en un regimiento de zuavos, murió un mes después, en octubre, luego de ser herido en la batalla del Somme. La madre, viuda, analfabeta, sorda casi por completo, sola con dos bebés, se mudó con su madre y sus hermanos a la casa de Belcourt, uno de los barrios más pobres de Argel, en el lindero con el suburbio musulmán de Le Marabout. En ese ambiente transcurrió su infancia, muy oscura, alumbrada nada más por un personaje, su tío Gustave, carnicero de profesión, anarquista y masón, el hombre que le transmitió el gusto por la lectura en aquel rincón de Argel. Como diría él mismo en la más célebre de sus novelas, El extranjero, “uno no es nunca totalmente desgraciado”.

Albert Camus tenía nueve años cuando en octubre de 1923 empezó el cours moyen: 2e année que daba quien sería, quizá, la persona más importante de su vida, por lo menos la más decisiva: Louis Germain. El profesor Germain, un hombre estricto pero generoso, sobreviviente de la Gran Guerra, conoció ahí a Albert, el primero de su clase desde enero de 1924. “En algún momento de ese año, Germain se dio cuenta del extraordinario calibre de aquel niño”, escribió Herbert Lottman, el gran biógrafo de Camus. “Y un día, monsieur Germain acompañó a Albert al número 93 de la Rue de Lyon para hablar con su familia. Albert, insistió, debía ser autorizado para permanecer en la escuela. Lo podía ayudar él a conseguir una beca para que pudiera continuar la preparatoria”. A pesar del rechazo de la abuela (“ruda, orgullosa y dominante”, diría Camus) que deseaba que el niño comenzara a trabajar cuanto antes, la madre, casi sorda, casi muda, alienada de su hijo menor, que veía pasar horas frente a un libro, osó por una vez contradecir a la abuela: ya que el mayor iba a trabajar, el menor podía estudiar, dijo, como sugería monsieur Germain. Camus recordaría siempre con gratitud a su maestro, a quien le dedicó el libro en que imprimió su discurso de aceptación del Premio Nobel. Gracias a él pudo asistir al liceo, donde ingresó con una beca como pupille de la nation, pues su padre había muerto en la Gran Guerra.

El liceo no fue nada fácil para él. “Estaba avergonzado de mi pobreza y mi familia”, diría. “Antes, todo el mundo era como yo y la pobreza me parecía lo normal en este mundo. Pero en el liceo pude hacer la comparación con los demás”. Camus permaneció siempre fiel al medio obrero y pobre en el que nació y creció, y en el que descubrió su pasión por las letras, que fue precedido por su amor al futbol. Había querido ser escritor desde la edad de siete años, le habría de confiar a una amiga, según Lottman. Otros indicios demuestran lo contrario. En 1928 empezó su pasión por el futbol, donde a pesar de su estatura llegó a ser legendario como guardameta del Racing Universitaire Algérois (RUA). “Lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”, diría Camus. Una de las lecciones que aprendió fue que la pelota no siempre llega del lugar más esperado. Qué hubiera querido ser, futbolista o dramaturgo, le preguntó años después su amigo Charles Poncet. “Futbolista, sin la menor duda”. Pero el destino no lo quiso así: en 1930, luego de escupir sangre, los médicos le diagnosticaron una tuberculosis que lo llevó al Hospital Mustafa. Fue el final de su pasión por el futbol y el comienzo de su amor por la filosofía y la literatura, que leía en la casa de su tío Gustave, el último vínculo con la familia Camus Sintès. Pues muy poco después, a los veinte años, contrajo matrimonio con Simone Hié, quien era de hecho la novia de su amigo Max-Pol Fouchet. “Tengo ganas de casarme, suicidarme o abonarme a L’Illustration. En fin, cualquier acto desesperado”. Optó por casarse con quien sería la primera de sus mujeres. Tuvo muchas, varias lo dejaron, pero qué importaba. “No ser amado es una simple desventura: la verdadera desgracia es no saber amar”.