Carta de viaje

Los indignados

Hay gente —mucha, de hecho— que está indignada equivocadamente.

"Por qué la indignación es tan común", preguntó en su titular un artículo publicado ayer por The Guardian. “Si estar indignado y ofendido es una experiencia tan desagradable”, añadía el subtítulo, “¿por qué es tan común y por qué tanta gente brinca ante la primera oportunidad de experimentarla?”. La respuesta, me parece, está en la formulación de la pregunta, que asume —equivocadamente, en mi opinión— que la indignación es una experiencia desagradable. No lo es en absoluto: todo lo contrario. Por eso en parte es tan común. El Diccionario de la Real Academia Española define así la indignación: “Enojo, ira, enfado vehemente contra una persona o contra sus actos”. Y describe así la indiferencia: “Estado de ánimo en que no se siente inclinación ni repugnancia hacia una persona, objeto o negocio determinado”. La indignación es sana: fortalece y vivifica, contribuye al rechazo de lo que es percibido como una injusticia, a la transformación del mundo, al contrario de la indiferencia, que implica una actitud insensible y pasiva ante la vida, ante sus maldiciones, desde luego, pero también ante sus bendiciones. En este sentido es bueno —y de hecho agradable— vivir la experiencia de la indignación.

Pero hay también, sin duda, una especie de autocomplacencia en la indignación: en el sentimiento de superioridad moral que ella implica, en la facilidad con la que sacrifica la precisión por la pasión (el nivel intelectual de una discusión, como sabemos, baja siempre conforme suben sus decibeles). Por eso me gusta la definición que hace el Diccionario de la Real Academia Española, distinta a la de los diccionarios que afirman que la indignación es ira o enojo ante la injusticia. No lo es necesariamente. Hay gente —mucha, de hecho— que está indignada equivocadamente. En parte por el interés de medios y políticos en mantener indignadas a sus clientelas. Así es más fácil movilizarlas —incluso manipularlas—. Entender, por el contrario, es una experiencia desmovilizadora.

El artículo del Guardian sugiere, creo que con razón, que “expresar indignación es esencialmente un pasatiempo moderno”. En México estamos indignados porque la autoridad no solo no protege a sus ciudadanos: los mata, y porque los políticos y los gobernantes no solo no trabajan para la sociedad: la roban. Pero no somos los únicos. En todos lados hay indignados. Ahora mismo hay indignados con el uso excesivo y racista de la fuerza que produjo los disturbios de Baltimore; indignados con las ejecuciones de personas acusadas de delitos vinculados al tráfico de estupefacientes en Indonesia; indignados con la falta de previsión de los gobiernos que contribuyó a la muerte de miles de personas en el terremoto de Nepal. ¿Dónde está concentrada toda esa indignación?

La indignación es un sentimiento común en las sociedades mediatizadas, más que en las poblaciones marginadas. Es un sentimiento sobre todo gremial, no individual. Es más una experiencia de los ricos, paradójicamente, que de los pobres. El ejemplo más ilustrativo es el de los grupos que, hace unos años, tomaron Wall Street con la consigna de Somos el 99 por ciento. Eran el 99 por ciento del país más rico del mundo —es decir, pertenecían a la parte más pobre del 1 por ciento más rico de la población—. Grupos similares encabezaron manifestaciones en las ciudades más ricas del mundo: Londres, Frankfurt, Ginebra, Basilea, Amsterdam, Bruselas, Madrid, Viena, Sídney… En África y en Asia no había indignados en ese momento de indignación: había, como hoy, resignados y desesperados.

ctello@milenio.com