Carta de viaje

Tras el huracán 'Patricia'

A fines de octubre salí por tierra para participar, como todos los años, en un encuentro en la Estación de Biología en Chamela, en la costa de Jalisco. Al llegar el jueves 22 a Zamora, mientras comíamos un plato de carne en su jugo en La Pantera Rosa, un amigo, hijo de don Luis González y González, me comentó que llegaba un huracán por el Pacífico. Mi esposa me habló después muy alarmada: le contesté que ya sabía, que no se preocupara, que iba a estar lloviendo nada más. Esa noche llegué a dormir, como todos los años, a la hacienda de Epenche Grande, en las montañas de Jalisco, con la idea de seguir al día siguiente hacia Colima y Manzanillo. Ahí no hay teléfono, pero don Eduardo, el dueño, estaba informado del huracán Patricia. Me dijo que mejor me esperara a conocer las noticias, antes de partir. El viernes 23 ya no salí... Permanecí cuatro días ahí, rodeado de montañas, viendo llover, calentándome por las noches en la chimenea, sin comunicación con nadie. Pero sabía, porque escuché el mensaje del Presidente, que el huracán había entrado justamente por el sitio donde pensaba estar, una zona que conozco bien: Cuixmala y Careyes.

El lunes 26 salí hacia Manzanillo. Los plantíos de plátano estaban en el suelo, las palmeras derribadas. En Cihuatlán supe que acababa de ser abierta, esa mañana, la carretera de Barra de Navidad a Puerto Vallarta. Los signos del paso del huracán eran visibles en todas partes, sobre todo a partir de Tenacatita. La carretera erizada de ramas y troncos que acababan de ser escombrados; los postes de luz enredados entre los cables, tumbados en el suelo. Luego del río Purificación, el paisaje era de desastre, sobre todo en los ejidos de la zona, que estaban vacíos, sin techos, puertas ni ventanas: Hidalgo, Zapata, Villa. Al pasar el río Cuixmala me horrorizó lo que vi: la selva, que minutos antes del huracán estaba verde y exuberante, había sido destruida, estaba gris, como en el estiaje: el huracán había volado las hojas y las ramas, había desgajado los árboles más grandes. Careyes era zona de desastre: las casas sin palapas, sin vidrios, sin puertas, con la pintura de sus muros botada por las ráfagas de viento. Ese sitio, uno de los más bellos que conozco, parecía una ranchería abandonada y polvorienta. Yo había quedado de cenar el viernes de la desgracia en Playa Rosa con Gian Franco Brignone, el fundador de Careyes. Cuando lo vi el lunes le quise dar un abrazo, pero él no me dejó: no quería que le diera el pésame. No estaba deprimido. Vio a su alrededor, todo devastado, los trabajadores como hormigas que empezaban a limpiar los escombros. "Están contentos, todos van a tener mucho trabajo", dijo. "Está bien". Brignone cumple 90 años en la primavera. Fue uno de los pocos que no salió de Careyes. Sentía que un capitán no debía de abandonar el barco en medio de la tempestad.

No fue posible quedarme ahí: la zona permaneció sin luz, sin agua y sin teléfono por el resto de la semana. Seguí hacia Puerto Vallarta, que estaba intacta, pero abandonada: todos los turistas habían sido evacuados. Al cabo de unos días volví a Chamela, donde vi al jefe de la Estación de Biología, devastada por Patricia. Comimos en La Viuda, el mejor restaurante de mariscos en la costa de Jalisco. Su dueña, María de Jesús Vargas, La Viuda, quien llegó a la zona en los 70 para dar de comer a los trabajadores que construían la carretera, me dijo algo que yo luego pude comprobar: que las casas que habían perdido sus techos habían ya recibido láminas de parte del gobierno, pero que las que perdieron además las puertas, las ventanas y las paredes estaban desamparadas, cubiertas con un pedazo de plástico negro. Varias cartas han sido publicadas al respecto por la prensa. Yo conozco dos, una de ellas de Alicia Castillo, profesora en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, quien también estaba ese día en La Viuda. En su carta recoge la promesa de la Secretaría de Hacienda de aportar los recursos necesarios para cubrir los daños en la costa de Jalisco.

Dudé antes de escribir esto: ¿es relevante aún hablar del huracán? Lo es, porque hoy mismo hay miles de familias que duermen en sus casas destruidas por Patricia.


ctello@milenio.com