Carta de viaje

El futbol / I

A principios del siglo XIX, las escuelas de mayor renombre, como Eton y Harrow, prohibieron las patadas en la tibia (el hacking, que durante siglos había sido una de las prácticas más comunes en los juegos de pelota de Inglaterra).

Los juegos de pelota han sido practicados desde hace siglos, por más de dos milenios, en todos los rincones del planeta. Eran comunes en lugares tan apartados como los pueblos de Mesoamérica, las ciudades de Europa y las capitales de Asia. Los chinos de la dinastía Han, 200 años antes de Cristo, disfrutaban un juego llamado tzu chu, descrito en un libro de texto para militares con estas palabras: “Tzu debe patear, Chu es la pelota de cuero”. Los japoneses, asimismo, jugaban algo llamado kemari, muy distinto, que consistía en pasar ceremoniosamente la pelota los unos a los otros, en un terreno de 14 metros cuadrados que tenía un árbol diferente en cada uno de sus ángulos: un cerezo, un arce, un pino y un sauce. Los griegos, a su vez, trataban de rebasar una línea imaginaria con una vejiga de res inflada en un juego llamado episkirios, como lo muestran los bajorrelieves reproducidos por Alfred Wahl en el libro Historia del futbol (que utilizo para escribir esta historia, publicado por Claves, Barcelona, en 1998). Los romanos, en fin, practicaban un juego de pelota similar llamado harpastum, que gracias a sus conquistas extendieron a lo largo del Imperio.

Regiones muy diversas en Europa tenían su juego de pelota particular durante la Edad Media. En Bretaña y Picardía era común el soule, que jugaban los jóvenes de dos pueblos vecinos y consistía en desplazar al terreno contrario una especie de balón relleno de heno llamado, precisamente, soule. Más tarde, durante el Renacimiento, apareció en Bolonia y Florencia un juego bastante parecido al futbol que conocemos hoy: el calcio. Los partidos más importantes tenían lugar en Florencia, en la Plaza de la Señoría. Aunque la mayoría de las veces eran celebrados en el campo, en un terreno pequeño y delimitado, con porterías sin travesaño en el fondo. Los equipos tenían quince jugadores por bando, con líneas de cuatro: ocho delanteros, dos medios, cuatro zagueros y un portero. Muy parecido al futbol, salvo por un detalle que sería fundamental: en él era posible utilizar tanto los pies como las manos (los italianos llaman hoy al futbol, todavía, con el nombre de calcio, y su federación nacional ostenta el título de Federazione Italiana di Giuoco di Calcio).

Inglaterra fue quizás donde tuvieron más éxito los juegos de pelota, herederos del soule que llevaron consigo los normandos que siguieron a Guillermo El Conquistador. Eran juegos muy salvajes, en los que la pelota cruzaba incluso montañas y ríos para llegar al terreno del adversario. Shakespeare, en una escena de King Lear, se refiere (con cierto desprecio) al footballer. La monarquía prohibía, bajo pena de prisión, la práctica de aquel juego de pelota primitivo y bárbaro que había sido heredado de los normandos. Pero en 1681, el conde de Albemarle regresó a la Gran Bretaña muy entusiasmado con el calcio que había visto en la Toscana. Fue tanta su vehemencia que Carlos II accedió a celebrar un juego bajo nuevas reglas, vistas entonces por primera vez en Inglaterra. En un campo de 120 metros de largo por 80 de ancho fueron clavados dos postes —que llamaron goal (o sea, meta)— por donde debía ser introducida la pelota. Perdió el equipo del rey, que tuvo que pagar 10 escudos de oro por la derrota, cosa que en lugar de afligirlo lo aficionó al nuevo deporte a tal grado que levantó la prohibición que existía desde hacía siglos en el Reino Unido. Ese nuevo juego de pelota —llamado foot (pie) y ball (pelota) — fue resultado de una mezcla del soule y el calcio.

A principios del siglo XIX, los juegos de pelota eran practicados de manera regular en las public schools, las escuelas donde se educaba la aristocracia de Inglaterra. Las reglas eran informales, difusas y cambiantes, aunque hacia mitad del siglo las principales escuelas optaron por transcribirlas para hacerlas duraderas. Las de mayor renombre, como Eton y Harrow, prohibieron las patadas en la tibia (el hacking, que durante siglos había sido una de las prácticas más comunes en los juegos de pelota de Inglaterra). Esta norma fue refrendada en el reglamento más antiguo en materia de futbol que conocemos, escrito en junio de 1862 por un viejo profesor de la escuela de Uppingham: J.C. Thring. La regla tres dice en efecto lo siguiente: “Los golpes con el pie solo pueden (y deben) dirigirse a la pelota”. El juego comenzó a partir de entonces a ser civilizado. Más tarde, en octubre de 1863, las dos más importantes universidades de Inglaterra, Cambridge y Oxford, junto con algunas de las más prestigiosas escuelas, como Winchester, Harrow y Eton (que propuso el número de once jugadores por equipo), se reunieron para formar lo que se conoce como el Reglamento de Cambridge. Tiene catorce reglas, que salvo ligeras modificaciones son las que rigen el futbol de hoy. Una de ellas, que resultó fundamental, es la que describiremos la semana que viene.

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