Carta de viaje

Estados Unidos y el voto popular

Es difícil de entender, por extraño y por injusto, que un candidato que recibe menos votos populares pueda acabar siendo electo presidente de su país. Pero así acaba de pasar una vez más en Estados Unidos. Ya había sucedido en la historia del país: en 1824, 1876 y 1888, y aunque todos pensaban que era cosa del pasado, habría de suceder una vez más, en 2000 y 2016. En la elección de 2000, Al Gore ganó el voto popular por más de 543 mil votos, pero perdió el voto electoral, por lo que fue electo George W. Bush. Y en la elección de 2016, Hilary Clinton ganó el voto popular por alrededor de 2 millones 800 mil votos (más de 2 por ciento del electorado), pero perdió el voto electoral, por lo que Donald Trump asumirá mañana la presidencia de Estados Unidos.

En México, como sabemos, el presidente es elegido por mayoría relativa en un solo distrito que abarca toda la nación. En Estados Unidos, en cambio, el presidente es elegido por un Colegio Electoral, constituido por 538 electores que representan a los 50 estados, más la capital (el Distrito de Columbia). El ganador del voto popular en cada estado es acreedor al voto electoral, o sea, a todos los votos que le corresponden al estado, los cuales están determinados por su representación en el Congreso. Entre los estados con más votos destaca, muy por encima del resto, California, seguida de cerca por Nueva York, Texas y Florida. Es un sistema anticuado, que ha cambiado poco con el tiempo (la ley electoral en Nuevo México, por ejemplo, permite todavía que el resultado de una elección empatada sea decidido por un juego de póquer...). Es también un sistema injusto, que mueve los dados en favor de los estados más pequeños (el voto de un residente de Wyoming, por ejemplo, cuenta 3.6 veces más que el voto de un residente de California). El objeto del sistema, dicen sus defensores, es crear un mandato claro, incluso si la diferencia entre los candidatos resulta insignificante. Pero permite que suceda una injusticia que ya no es aceptable para la mayoría de los estadunidenses: la posibilidad de que un candidato gane el voto popular y pierda el voto electoral, determinante para obtener la presidencia. Así ocurrió ya dos veces en lo que va del nuevo siglo, y así estuvo a punto de ocurrir una tercera vez, con George W. Bush en 2004, pues habiendo ganado por más de 3 millones el voto popular, estuvo cerca de perder el voto electoral si hubiera habido un cambio de unos cuantos miles de votos en Ohio, que decidió la elección en Estados Unidos.

¿Qué se puede hacer? "Hay una solución elegante", dijo un editorial del New York Times, que desde hace 80 años está a favor del fin del Colegio Electoral. "La Constitución establece la existencia de electores, pero le permite a los estados decir a sus electores cómo votar. Once estados, más el Distrito de Columbia, que representan 165 votos electorales, han aprobado ya una legislación que obliga a sus electores a votar por el ganador del voto popular a escala nacional. El acuerdo, conocido como el Compacto Interestatal del Voto Popular Nacional, entrará en vigor en el momento en que lo ratifiquen los estados que representen la mayoría de los votos electorales, que son actualmente 270. Esto asegurará que el ganador del voto popular nacional sea el presidente". Ojalá que así suceda, para contribuir a unir de nuevo a un país, nuestro vecino, que está hoy completamente desunido.

*Investigador de la UNAM (Cialc)
ctello@milenio.com