Carta de viaje

Un dictador ilustrado

Era un defensor de los valores asiáticos (disciplina, orden, respeto por la autoridad) sobre los valores occidentales (individualismo, libertad y democracia).

En 1965, Singapur tenía una economía similar a la de México, que vivía entonces los años dorados del Desarrollo Estabilizador. Ahora, su PIB per cápita es cinco veces mayor. Hoy es, de hecho, el tercer país con mayor renta por persona del mundo, el puerto más activo del planeta, uno de los grandes centros de manufacturas y servicios en el mundo. Mucho de eso es obra de Lee Kuan Yew, quien acaba de morir el lunes, a los 91 años, considerado por su pueblo el padre de Singapur. “Una de las grandes historias de éxito del mundo moderno” (David Cameron). “Una figura legendaria en Asia” (Ban Ki-moon). “Verdadero gigante de la historia” (Barack Obama). ¿Quién era Lee Kuan Yew? Nacido en una familia de origen chino, humillado por los japoneses durante la invasión de su tierra en la Segunda Guerra, concluyó sus estudios de forma brillante en la universidad de Cambridge. Primer ministro de Singapur desde 1959, cuando conquistó su independencia de Gran Bretaña, hasta 1990, cuando fue sustituido por su segundo en el mando, para acceder a la posición de ministro mentor, con enorme influencia hasta 2011, cuando aceptó que había llegado la hora de retirarse, luego de una elección que vio como una revuelta contra el tipo de régimen que defendía su partido, el People’s Action Party. Lee renunció al gobierno para dejar que su país explorara las posibilidades de un sistema menos autoritario. Había sido primer ministro durante 31 años y ministro mentor durante otros 21 años. Su hijo, Lee Hsien Loong, matemático de Cambridge, estudiante de administración pública en Harvard, es hoy, por recomendación de su padre y por mérito propio, el primer ministro de Singapur.

A mediados del siglo XX, Singapur era un territorio pantanoso lleno de zancudos y lagartos, sin recursos naturales, sin lengua común, sin población homogénea (una mezcla de chinos, malayos e indios que provenían de diferentes culturas). Lee Kuan Yew impuso el inglés como lengua franca, que exigió hablar bien, pero aceptó el malayo, el chino y el tamil como lenguas oficiales. Construyó un poder centralizado, suprimió la oposición, creó una burocracia incorruptible (muy bien pagada), priorizó la educación, puso límites a la libertad de prensa, prohibió escupir y mascar chicle en la calle e impuso castigos corporales a quienes incurrieran en esos delitos. Gobernó con el carisma que tenía y con el miedo que inspiraba, y con resultados espectaculares. “El extraordinario papel de Lee en el desarrollo económico de su país no genera dudas”, dijo Human Rights Watch al comentar su muerte, “pero se produjo a expensas de un costo significativo para los derechos humanos, como se ve en las restricciones actuales a la libertad de expresión, en la autocensura y en una democracia multipartidista atrofiada, legado que ahora Singapur tiene que superar”.

Lee Kuan Yew usaba con frecuencia las cortes para reprimir a sus enemigos, así como también la prensa extranjera, donde argumentaba su caso. Disfrutaba defender en público sus convicciones, con su gran carisma y su excepcional inteligencia. Yo tuve la suerte, el gusto y el honor de escucharlo en Harvard. Era un defensor de los valores asiáticos (disciplina, orden, respeto por la autoridad) sobre los valores occidentales (individualismo, libertad y democracia). El bien de la sociedad era, para él, más importante que los derechos de los individuos. “No digo que todo lo que hice estuvo bien”, reveló en 2010 en una entrevista al New York Times. “Tuve que hacer cosas feas, como encerrar a gentes sin previo juicio. Pero todo lo que hice tenía un propósito honorable”. Así también me lo parece a mí.

ctello@milenio.com