Carta de viaje

El descubrimiento del ébola

El trabajo de detective llevó a la conclusión de que se trataba de un virus hasta entonces desconocido, que sería bautizado con el nombre de un río que pasaba cerca de Yambuku: el Ébola.

El ébola en África ha sido declarado “una emergencia de salud pública de importancia internacional” por la Organización Mundial de la Salud. Debido a su gravedad, el Comité de Ética de la Organización avaló antier el uso de tratamientos experimentales que no han sido probados en humanos contra esta epidemia, que ha causado estragos en el occidente de África, sobre todo en Guinea, Liberia y Sierra Leona, y que amenaza Nigeria, el país más poblado del continente. La enfermedad, que estalló en marzo en forma de epidemia, tiene una muy elevada tasa de mortalidad en quienes la contraen: alrededor de 55 por ciento. En la actualidad existen varios fármacos contra el ébola, pero todos en fase experimental con animales (tema que plantea, a su vez, otras preguntas sobre los derechos de los animales). Las muestras disponibles son mínimas. ¿Por qué? Básicamente porque el descubrimiento del virus es muy reciente.

La historia comienza en septiembre de 1976, en el laboratorio de microbiología del Instituto de Medicina Tropical de Amberes, donde trabajaba un estudiante de medicina que tenía entonces 27 años, belga, llamado Peter Piot. Un pasajero de la línea aérea Sabena acababa de llegar procedente de Kinshasa, la capital de Zaire, entonces el nombre de la hoy República Democrática del Congo, en algún momento infame propiedad personal del rey de Bélgica. El pasajero llevaba consigo un termo azul de fabricación china que puso en manos del joven Piot, más tarde director ejecutivo de la agencia de Naciones Unidas Unaids, encargada de combatir el sida, y hoy director de la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres. Aquel termo contenía dos tubos de vidrio que flotaban entre hielos: uno roto, con sangre mezclada al agua de los hielos, y otro afortunadamente intacto, y estaba acompañado por una nota de un médico que trabajaba en Zaire, diciendo que la muestra correspondía a la sangre de una hermana misionera belga, muerta a raíz de una fiebre hemorrágica en Yambuku. El examen microscópico de la sangre hizo aparecer un virus gigantesco, que parecía un gusano. “En aquella época no teníamos Google”, explica Piot, citado por Paul Benkimoun, quien publicó esta historia hace unos días en la versión impresa de Le Monde. “Así que tuvimos que consultar un atlas de los virus en la biblioteca, donde detectamos un parecido con el virus de Marburg”. Pero resultados posteriores demostraron que se trataba de otro virus, muy contagioso, por lo que su laboratorio había recibido ya un telegrama que prohibía el contacto con él, dada su peligrosidad, firmado por la Organización Mundial de la Salud.

Peter Piot tuvo entonces la oportunidad de viajar a la capital de Zaire, donde tomó un avión militar Hércules C-130 con destino a Bumba, sobre la ribera del río Congo, para viajar después siete horas en Land Rover hasta Yambuku, que era el corazón de la epidemia en África. Ahí entra en contacto con una misión católica que dirige un hospital sin médicos, en la que han muerto ya cuatro misioneros y van a morir cuatro más. Los religiosos viven en una casa rodeada por un cordón sanitario que prohíbe el paso, pero que Peter Piot salta para presentarse en flamenco con las hermanas misioneras. Piot observa que el virus que afecta a los enfermos es el mismo que observó en Amberes. ¿Cuál es su medio de transmisión? ¿Es de individuo a individuo o por medio de un vector, un mosquito quizás, o algún otro animal? La mayoría de los enfermos son adultos, mujeres en una proporción muy alta, lo que sugiere descartar la hipótesis del vector, que hubiera tenido un impacto indiscriminado sobre la población. Piot descubre que muchas de las víctimas eran mujeres que habían ido al hospital a consultas prenatales y habían recibido inyecciones con la misma aguja, lavada pero no esterilizada. Descubre también que varias de las víctimas eran personas que, una semana antes de sentir los primeros síntomas de la enfermedad, habían asistido a un entierro en el que participaron en ritos funerarios que implicaban la limpieza del cadáver, a menudo cubierto de restos de vómito, sangre y diarrea. El trabajo de detective llevó a la conclusión de que el virus, que había causado ya 300 muertos en la zona, era transmitido de individuo a individuo, no por un vector, y que se trataba en efecto de un virus hasta entonces desconocido, que sería bautizado con el nombre de un río que pasaba cerca de Yambuku: el Ébola.

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