Carta de viaje

No crecer, sino repartir

Oxfam lo dijo a principios de 2015 en México, como parte de un esfuerzo global contra la desigualdad, en el contexto de la campaña IGUALES. Ahora volvió a decirlo, esta vez en la capital de España. Dijo así: las 85 personas más ricas del mundo acumulan tanta riqueza como toda la que tiene la mitad más pobre del planeta —es decir, alrededor de 3 mil 500 millones de personas. Estas fortunas, las más grandes, que crecen a un ritmo de 668 millones de dólares al día, según el informe de Oxfam, conviven y contrastan con los miles de niños del Sahel que todas las mañanas, al despertar, se hacen la misma pregunta: ¿Qué voy a comer hoy?

No sé si estas cifras sean útiles. ¿Qué nos dicen? ¿Nos ayudan a comprender la magnitud de la catástrofe? ¿A solidarizarnos con las víctimas? ¿A tomar las decisiones necesarias para poder actuar? Nos hemos acostumbrado a vivir con esos números sin escandalizarnos. Son como una imagen más del horror. El impacto que producen las fotografías depende en efecto de la familiaridad con que las vemos y la familiaridad con el sufrimiento y la barbarie deforma y atrofia nuestra conciencia del mal y debilita nuestra capacidad de sentir compasión por el otro. Esa capacidad y esa conciencia se corrompen. En el caso de las fotos, la familiaridad vuelve banales imágenes que solo son capaces de conmover al verlas por primera vez. "El vasto catálogo fotográfico de la miseria y la injusticia a lo largo del planeta", escribió Susan Sontag, "le ha dado a todo el mundo una cierta familiaridad con las atrocidades, haciendo que lo horrible sea cada vez más ordinario". Algo similar ha sucedido con las estadísticas.

La desigualdad en el mundo, la desigualdad extrema, es, pienso, el problema más grave que enfrentamos, junto con la destrucción de la naturaleza. Ambas cosas están relacionadas. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza afirma que la degradación del medio ambiente es atribuible a menos de un tercio de la población en el mundo. Unos destruyen (destruimos) el planeta y otros (los otros) sufren las consecuencias. "El 7 por ciento más rico de la población mundial (500 millones de personas) es responsable del 50 por ciento de las emisiones mundiales de CO2, mientras que el 50 por ciento más pobre produce solo el 7 por ciento de la contaminación". Es claro para todo el que lo quiera ver que las cosas no pueden seguir así, que tienen que cambiar. No podemos vivir de manera indefinida en un mundo cada vez más desigual, cada vez más devastado.

Nunca en la historia de la humanidad hemos crecido tanto como en los últimos dos siglos, a partir de la revolución industrial: la época del llamado crecimiento económico moderno. Y nunca la desigualdad ha crecido tanto como en estos dos últimos siglos. Así que la historia demuestra la falacia de pensar que hay que crecer para poder luego repartir. La prensa está llena de articulistas que hablan de la necesidad de crecer: que si crecimos poco, que si podemos aspirar a crecer más, que si tal o cual política inhibe el crecimiento. Yo creo que habría que hablar más bien de la necesidad de repartir, no de crecer, y de la necesidad de proteger, más que de crecer, porque el crecimiento ha ocurrido a costa de una enorme destrucción. La desigualdad económica es la tendencia más preocupante en el horizonte de 2015, afirmó el año pasado el Foro Económico Mundial, que reinicia estos días su trabajo, preocupado como siempre en crecer, no en repartir y proteger.


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