Carta de viaje

Conceder la derrota

"Para la democracia es clave, crucial, que los candidatos que pierdan acepten su derrota", escribió el politólogo Adam Przeworski. Es algo que los mexicanos tenemos muy presente. La elección de 2000 fue fluida porque los perdedores concedieron su derrota, a diferencia de la elección de 2006, y aun la de 2012, en la que uno de los perdedores rechazó conceder su derrota. En Estados Unidos, el problema no existía... hasta ahora.

En México, como sabemos, el presidente es elegido por mayoría relativa en un solo distrito que abarca toda la nación. En Estados Unidos, en cambio, el presidente es elegido por un colegio electoral, constituido por 538 electores que representan a los 50 estados, más la capital, donde el ganador del voto popular en cada estado es acreedor al voto electoral, o sea, a todos los votos que le corresponden al estado, los cuales están determinados por su población. El objeto del sistema es crear un mandato claro, incluso si la diferencia entre los candidatos resulta insignificante. Aunque también permite —como ya sucedió en la historia del país: en 1824, 1876 y 1888, y en 2000— la posibilidad de ganar el voto popular y perder el voto electoral, determinante para obtener la Presidencia. Es difícil para Trump ganar el voto electoral en la elección del 8 de noviembre: en casi todos los modelos necesita, para ello, ganar la votación de Florida, donde las encuestas más recientes le dan una ventaja de alrededor de 4 puntos a Hillary Clinton. Pero el voto popular de Trump le puede permitir, si es alto, como puede ser, poner en duda el triunfo de Hillary.

Durante las elecciones primarias del Partido Republicano, cuando su designación era incierta, Donald Trump amenazó con que habría violencia si los políticos que dominaban el partido le negaban su designación, a la que estaba predestinado por la voluntad del pueblo: dijo en efecto que planeaban trampas para arrebatarle el triunfo y amagó con una rebelión para impedir esas trampas. Ha empezado a fanfarronear de nuevo, al caer en las encuestas, luego de haber afirmado en el primer debate que aceptaría el resultado electoral. Hace unos días, tras sugerir que su rival usaba drogas para poderse mantener de pie, reiteró que las elecciones de noviembre iban a ser amañadas. Lo tuvo que confrontar el líder de la Cámara de Representantes, el republicano Paul Ryan: "Nuestra democracia depende de la confianza en los resultados electorales y el líder de la cámara baja tiene plena confianza en que los estados llevarán a cabo esta elección con integridad". Trump insistió: "La elección está siendo totalmente amañada por los medios deshonestos y distorsionados que impulsan a la mentirosa Hillary. Pero también en muchas casillas. ¡Triste!". No solo él ha sugerido la posibilidad del fraude; también varios de los más destacados dirigentes de los republicanos, entre ellos Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, y Newt Gingrich, ex presidente de la Cámara de Representantes, aunque otros han resuelto confrontarlo, como su rival en las primarias, Marc Rubio, y su propio compañero de fórmula, Mike Pence. El hecho puro y duro, sin embargo, es que los seguidores de Trump no están dispuestos a conceder la derrota, en caso de perder: apenas uno de cada tres republicanos dice tener confianza en que serán limpias las elecciones, de acuerdo con una encuesta de Associated Press.

En la elección de 2000, Gore ganó el voto popular por más de 543 mil, pero perdió el voto electoral por apenas 930 votos, y concedió su derrota. Eso es impensable ahora.

*Investigador de la UNAM (CIALC)

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