Carta de viaje

El culto oficial a Juárez

Benito Juárez es hoy, sin duda, el héroe nacional de México. Nuestro héroe por antonomasia: la persona que da su nombre a las avenidas más importantes, la estatua de bronce que está erguida en todas las plazas del país. Pero no siempre fue así. Juárez fue de hecho —durante su vida, agitada y convulsa— uno de los personajes más polémicos de su tiempo: intensamente amado por una parte del país (la que estuvo hermanada con el partido liberal) y rabiosamente odiado por otra parte (la que permaneció identificada con el partido conservador). Quien lo convirtió en el héroe nacional que es hoy, en el héroe sin tacha, fue Porfirio Díaz —más exactamente, la historia oficial articulada durante el porfiriato.

Juárez conoce a Díaz en Oaxaca —un 28 de diciembre de 1849, en lo que es hoy el Centro Cultural San Pablo, entonces convento de San Pablo y sede del Instituto de Ciencias y Artes. Don Benito fue a partir de entonces su profesor en el instituto, su amigo en el gobierno de Oaxaca, su jefe durante la Reforma, luego su presidente durante la guerra de Intervención. Pero entonces todo cambió: a partir del triunfo de la República en 1867, los liberales se dividen en dos grupos: unos están a favor de Juárez y otros están contra Juárez, y los que están en contra se organizan en torno a Díaz. Pasan los meses. Benito y Porfirio no rompen de inmediato, pero se vuelven adversarios: compiten por el poder. Cuando muere Margarita Maza, en enero de 1871, el general Díaz le envía este telegrama al presidente Juárez: "Ciudadano presidente, nuestra antigua amistad y las desgracias que yo también he sufrido en lo más amado de la familia, me hacen simpatizar con usted en su justo pesar. Con la más sincera cordialidad, Porfirio Díaz". Fue como una pausa de caballeros en medio de la tempestad que estaba a punto de desatar la revolución de La Noria. Entonces fueron enemigos, sí. "Sacrificar el orden y las leyes libremente adoptadas a los planes más o menos ilusorios de un hombre, por muy ameritado que se le suponga, sería hundirnos en una anarquía sin término", fueron las palabras graves de don Benito, quien murió a los ocho meses de estallar la revolución de La Noria. Porfirio no quiso volver a hablar de los motivos de la rebelión. "No debo hacer reminiscencias indignas", dijo, "descorriendo el crespón que cubre una tumba por mil títulos venerada".

Díaz asumió la herencia de Juárez al llegar al poder, luego de derrotar a Lerdo. Y para ello promovió el culto oficial a don Benito. Mandó construir el mausoleo de mármol del panteón de San Fernando, donde yacen aún los restos del Benemérito. Puso la imagen de Juárez en la primera edición de timbres de su gobierno. Celebró con bombos y platillos el centenario del natalicio del prócer de San Pablo Gelatao. Mandó bautizar la Avenida Juárez, que era de hecho la calle que tomó don Benito al entrar a la Ciudad de México luego del triunfo de la República. Ordenó la construcción, grandiosa, del Hemiciclo a Juárez. Y detonó la historia patria que escribieron los ideólogos de su régimen, amigos suyos como Justo Sierra y Vicente Riva Palacio, en la que la estrella que más brilla es Juárez, el Reformador, junto con Hidalgo, el Libertador, y el propio Díaz, el Pacificador. La revolución que derrocó a don Porfirio retomó íntegra está historia patria, en la que hubo solo un cambio: su autor dejó de ser el Pacificador para ser el Dictador.


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