Carta de viaje

La batalla del Somme

Antes de caer la noche habían muerto alrededor de 20 mil soldados británicos

El 1 de julio de 1916, a las siete y media en punto de la mañana, estalló una de las batallas más sangrientas en la historia de la humanidad: la batalla del río Somme, en la región de Picardía, al norte de Francia. Los altos mandos de la alianza franco-británica habían ideado la ofensiva en el Somme para aliviar la presión que los alemanes ejercían sobre Verdun. Eran los momentos más terribles de la Gran Guerra.

La ofensiva fue precedida por una semana de bombardeos contra las posiciones de los alemanes, que sufrieron un diluvio de alrededor de un millón y medio de proyectiles. El 1 de julio, al romper el alba, hubo unos minutos de silencio, que fue roto por el ruido de los altavoces ingleses: los primeros soldados escalaron entonces los parapetos para salir de las trincheras, para comenzar a avanzar a tropezones sobre la tierra de nadie —llena de alambres y cráteres por bombas— que los separaba de las posiciones del enemigo. Tras ellos siguieron otros más, todos cargados con 32 kilos de peso. Así enfrentaron a las ametralladoras de los alemanes. Antes de caer la noche habían muerto alrededor de 20 mil soldados británicos —y más de 35 mil estaban heridos, muchos de ellos de muerte—. Un total de 55 mil bajas, la mayoría de ellas en los primeros minutos de la batalla. Fue la masacre más devastadora jamás sufrida en la historia por el ejército británico.

La batalla del río Somme, prolongada en el otoño, cuando hizo su aparición el carro de combate, el tank, como lo llamaban los ingleses, habría de finalizar el 18 de noviembre con un saldo de terror: los aliados habían avanzado 12 kilómetros en poco más de cuatro meses a cambio de más de 600 mil vidas. Una tragedia y una vergüenza. La estrategia había sido, simplemente, avanzar de frente, sin eludir el choque. Pero con el adversario en las trincheras, parapetado con sus ametralladoras, el asalto frontal no podía tener éxito. Así había sucedido también en las ofensivas de Neuve Chapelle, de Arras y de Champagne, pobres todas en innovaciones tácticas. La vida de los soldados se terminó por someter en todas partes a la lógica de la guerra de desgaste: sangrar, y hacer sangrar, hasta sobrevivir al otro por un hombre. Para fines de 1916, las rebeliones en las filas de los ejércitos amenazaban con romper el orden en el frente.

Estas son las cifras de la batalla, terribles. Pero las cifras no captan el ruido y el olor y las imágenes de la tragedia. Lo quiso hacer John Keegan en su libro clásico, The Face of Battle, uno de cuyos capítulos está dedicado a la batalla del Somme. Keegan reúne todos los testimonios de los pocos sobrevivientes articulados que sobrevivieron a la matanza. Y afirma que el infierno que padecieron puede ser comparado al de los campos de exterminio en la Segunda Guerra. Hay algo igualmente terrible, dice, “en esas largas filas de jóvenes dóciles, vestidos con uniformes de pacotilla, vencidos por el peso de su carga, con números en el cuello, avanzando en un paisaje gris y monótono hacia su propia exterminación en el alambre de púas”. Y pregunta: “¿Por qué no hicieron algo sus comandantes? ¿Por qué dejaron que el ataque continuara? ¿Por qué no detuvieron a sus batallones para que no fueran aniquilados como los que acababan de precederlos en el ataque?”.

Los británicos acababan de votar el plebiscito por dejar la Unión Europea cuando, el pasado viernes, conmemoraron los cien años del comienzo de la batalla del Somme. Ese día visitaron a sus muertos, sepultados en un continente que han comenzado a dejar.

ctello@milenio.com