Carta de viaje

El "bandido social"

¿Qué podemos esperar de un país al que le da gusto su fuga, que la celebra?

Héctor Aguilar Camín escribió, con razón, a propósito de la fuga de la penitenciaría del Altiplano: “En la figura del Chapo hay rasgos del bandido popular que viene de abajo, hace fortuna jugándose la vida, burla la ley y a los poderosos y deja a su paso una marca de astucia e ironía”, para agregar de inmediato: “Pero también de sangre”. Es algo que no ha sido suficientemente recordado en estos días, en que su fuga ha provocado risa y burla, o peor aún: alegría. La organización encabezada por El Chapo es responsable de la muerte de más de 45 mil personas —67 por ciento de las muertes provocadas por la guerra del narcotráfico en México—. No quiero hablar sobre la incompetencia del gobierno que lo dejó escapar una vez más, sino sobre esto. ¿Qué podemos esperar de un país al que le da gusto su fuga, que la celebra?

El gran historiador y pensador Eric Hobsbawm publicó en 1959 un libro que llamó Rebeldes primitivos. Hobsbawm habla de diversos tipos de rebeldes primitivos de los siglos XVIII, XIX y XX, en el oeste, el centro y el sur de Europa. “El bandidaje social”, escribió en su libro, “no es mucho más que la protesta endémica del campesino contra la opresión y la pobreza: un grito de venganza contra los ricos y los opresores, la esperanza vaga de refrenarlos e imponerles un límite para enderezar los males. Sus ambiciones son modestas: un mundo tradicional en el que los hombres son tratados con justicia, no un mundo nuevo y perfecto”. ¿Cuáles eran esos bandidos sociales en los que pensaba? El más conocido es Robin Hood, el rebelde de los bosques de Sherwood, en Inglaterra. Pero hay muchos otros: Juraj Jánosik en Eslovaquia, Diego Corrientes en Andalucía, Davide Lazzaretti en el sur de la Toscana, Salvatore Giuliano en Sicilia. “Los bandidos”, escribe Hobsbawm, “preocupan a la policía, pero deberían de preocupar también al historiador social. Pues en un sentido el bandidismo es una forma primitiva de protesta social organizada, quizá la más primitiva que conocemos. Al menos así es visto en muchas sociedades por los pobres, que ven a los bandidos como sus campeones, los idealizan y los convierten en un mito”. Todos ellos, los más famosos, tenían esto en común, al menos en las leyendas que surgieron alrededor de sus nombres: robaban a los ricos para dar a los pobres, como lo hacía Robin Hood.

Pablo Escobar tenía rasgos de bandido social. El más terrible criminal en la historia de Colombia concibió en parte la guerra contra el Estado como una guerra en favor de la justicia social, algo que muestra con sutileza Noticia de un secuestro, el gran reportaje de García Márquez. No así El Chapo Guzmán, a pesar de lo que sugieren las multitudes que se volcaron a las calles de Culiacán para festejar la fuga del que llaman ícono delpueblo sinaloense. El municipio en el que nació, Badiraguato, es uno de los que concentran la mayor cantidad de pobreza extrema en Sinaloa. El censo de 2010 del Inegi indica que Badiraguato es una de las regiones con la miseria más alta de México. La tercera parte de sus alrededor de 35 mil habitantes sufre de pobreza alimentaria.

El Chapo demostró con sus fugas, sobre todo la segunda, un liderazgo notable sobre una organización disciplinada y sofisticada, que no procedió a olvidarlo para sustituirlo, sino a rescatarlo de la penitenciaría llamada de máxima seguridad en la que estaba preso. Desafió al Estado. Ridiculizó y humilló al presidente Peña Nieto. Pero él mismo no es un bandido social, aunque así sea visto por muchos mexicanos, a los que les dio gusto su fuga y a los que les daría tristeza que fuera reaprehendido. Es un hombre que mata por dinero.

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