Carta de viaje

El Ártico

Hasta hace poco tiempo, el Ártico estaba cubierto de hielo todo el año. Las cosas ya no son así. El calentamiento de esa región avanza al doble o al triple de la velocidad que en el resto del planeta, por lo que la superficie cubierta de hielo en su periodo de mayor retroceso, que antes era de 8 millones de kilómetros cuadrados, es ahora de menos de 4 millones.

La prensa ha dedicado varios artículos al respecto. El New York Times publicó un largo reportaje sobre la suerte de los osos polares, que ya no pueden cazar focas porque ya no hay hielo, por lo que merodean, en busca de comida, por los pueblos del norte de Alaska. El Washington Post publicó después otro reportaje, también sobre la suerte que espera a los osos polares: su población, estimada en alrededor de 30 mil animales, será devastada en el horizonte de 2050. El oso polar es el símbolo del drama que significa, para la vida, el calentamiento del planeta. Su decadencia y su fin son inevitables. ¿Qué nos espera a nosotros, los humanos? El País publicó al respecto, hace poco, un largo y detallado artículo de Peter Wadhams, profesor de física oceánica en la Universidad de Cambridge. El profesor Wadhams, uno de los científicos que primero señalaron que la capa de hielo en el Ártico era cada vez más delgada, afirma que el deshielo que genera el calentamiento global se ha convertido, a su vez, en un gran motor que impulsa el cambio climático en el resto del mundo, cosa que hace de dos formas: con la disminución del albedo y con el incremento del metano. "Cuando el hielo se derrite, el albedo —el porcentaje de radiación polar que la superficie terrestre refleja o devuelve a la atmósfera— cae del 0.6 al 0.1, con la consiguiente aceleración del calentamiento global". Se calcula que el ritmo de desaparición del hielo está causando una disminución del albedo en todo el mundo que contribuye en un 25 por ciento a los efectos directos del calentamiento global. Sin la protección del hielo, por otra parte, el calor llega hoy hasta el fondo marino del Ártico, y ese calor, a su vez, derrite el permafrost, o sea, los sedimentos congelados que yacen ahí desde la última Era Glacial. "El deshielo del permafrost marino es como levantar la tapa de una olla a presión: genera la liberación de grandes columnas de metano", afirma Wadhams. "El metano tiene un efecto invernadero 23 veces mayor por molécula que el del dióxido de carbono". La desaparición masiva de hielo, por último, que empezó a ser detectada hace apenas diez años, tiene otro efecto: el incremento del nivel del mar, que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático sitúa hoy en 90 centímetros, muy por abajo del consenso de los glaciólogos que estudian el deshielo, que afirma será de más de un metro, quizás mucho más, lo que pone en riesgo la sobrevivencia de ciudades costeras como Nueva York y Shanghái.

"Debemos pensar con urgencia en métodos que puedan frenar algo el calentamiento y nos permitan ganar tiempo para cambiar la forma de vivir en el planeta", dice Wadhams, quien está a favor del uso de ingeniería climática para mitigar el calentamiento global, algo que despierta muchas reticencias, incluso entre los científicos. Una es reducir la radiación que absorbe el planeta (con "la difusión de un polvo muy fino en la estratósfera para que refleje la radiación solar que llegue"), pero la solución tecnológica definitiva es encontrar el modo de eliminar el CO2 de la atmósfera (para eso, una propuesta es poner en la atmósfera "miles de millones de toneladas de roca olivina pulverizada, que experimenta en el aire una reacción química que incluye la absorción de CO2"). Espero que prosperen las propuestas, aunque ellas muestran, para mí, la magnitud de nuestra desesperación.

*Investigador de la UNAM (CIALC)
ctello@milenio.com