Carta de viaje

Veinte años después

Prescriben delitos imputados al subcomandante Marcos", leí antier en La Jornada. "Quedaron prescritos los delitos de terrorismo, sedición, portación de armas de fuego de uso exclusivo del Ejército...". Un juez de Chiapas decretó el sobreseimiento por prescripción de los delitos integrados contra varios zapatistas —como él— en la causa penal 18/1995, que a principios de 1995 sirvió al gobierno de México para militarizar la Selva Lacandona. Qué extraño me sonó todo eso: como venido de la prehistoria. Pero la noticia ocurrió en el marco de un hecho que quiero recordar: el 20 aniversario de los Acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígenas. Acuerdos cumplidos en unas partes, incumplidos en otras. Los zapatistas estaban levantados en armas, desde enero de 1994, no como indios, sino como pobres, como mexicanos pobres. Su transformación en una rebelión indígena, me parece, ocurrió después: en febrero de 1996. Hace 20 años.

Al estallar la rebelión, los zapatistas hicieron suyos los rasgos que daban identidad a los indios de Chiapas —sus rasgos, no sus demandas, que permanecieron marginadas en el discurso del EZLN—. Adoptaron muchos de sus atributos: el bastón de mando, el sombrero con listones, el huipil con bordados, algunos de los giros más típicos de su lengua. Marcos, incluso, aparecía a menudo con un chuj frente a las cámaras de televisión. Con ello contribuía a legitimar el alzamiento, porque nadie les podía negar el derecho de luchar a quienes —como decía él— morían en silencio desde siempre. El EZLN planteó por vez primera sus exigencias respecto a los indios —autonomía, entre ellas— en el contexto de las Jornadas para la Paz y la Reconciliación en San Cristóbal. Permanecieron relegadas por las demandas de siempre (la disolución de los poderes, la formación de un gobierno de transición en México) hasta principios de 1995, cuando ocurrió la militarización de la Selva. El EZLN no la enfrentó con las armas, sino con las palabras. Su historia, a partir de ese momento, fue también la historia de su encuentro con su raíz: los indios de México.

Los zapatistas encontraron en la causa de los indios, en la lucha por sus derechos, lo que tanta falta les hacía: un proyecto viable, riguroso, pensado con responsabilidad, apoyado por una parte de la población. El EZLN, al comienzo del alzamiento, ofreció a los mexicanos una revolución, sin tener un proyecto de nación. El proyecto que los rebeldes defendieron en la clandestinidad —el socialismo— había sido por supuesto necesario para sobrevivir los años de la Selva. Era para ellos imposible renunciar a él: no tenían nada más. Por eso superó los cuestionamientos que tuvieron lugar por esos años en el seno de la organización y trascendió, después, en las Leyes de Guerra que publicaron en la Declaración de la Selva Lacandona. Pero esas leyes fueron rechazadas por los mexicanos, incluso por quienes simpatizaban con el EZLN. Los zapatistas tuvieron que renunciar a ellas, pero, al hacerlo, quedaron en la orfandad, sin un proyecto de nación. Permanecieron en esa orfandad hasta febrero de 1996, cuando firmaron los Acuerdos de San Andrés. La fecha es importante porque marca, decía, la transformación de los zapatistas, quienes en ese momento dejaron de mirar al cielo nada más para ver también su raíz. El EZLN, a partir de entonces, utilizó su prestigio y su capacidad de convocatoria —indudables en diversos medios— para secundar una causa menos ambiciosa, pero más sensata: la que lucha por los derechos de los indios.


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