Carta de viaje

Tradición de barbarie

Melchor Ocampo sufrió golpes y quemaduras a manos de sus verdugos antes de ser ejecutado, y su cuerpo fue después colgado de las ramas de un árbol, como escarmiento.

¿Somos hoy más salvajes que ayer? ¿Las cosas que pasan ahora no pasaban jamás antes? Es lo que escucho decir a mi alrededor. Pero justamente en estos días leo sobre la situación del país a mediados del siglo XIX, cuando acababa de concluir la Guerra de Reforma.

El 3 de junio de 1861, un lunes, los habitantes de la Ciudad de México conocieron la noticia de que Melchor Ocampo acababa de ser secuestrado en su hacienda de Pomoca, en Michoacán. Al frente de los secuestradores iba un individuo llamado Lindoro Cajiga. Los conservadores, después de Calpulalpan, estaban reagrupados en torno del general Leonardo Márquez, con su base de operaciones en el Bajío. Márquez acababa de vencer ahí al coronel Mariano Escobedo en Río Verde y al general Manuel Doblado en Cerro del Huizache, y estaba ya por esos días en los estados que lindaban con el norte de la Ciudad de México. Los secuestradores de la hacienda de Pomoca llegaron hasta su cuartel en Tepeji del Río. Le mostraron su presa. Y ahí, Márquez ordenó matar a Ocampo. Sufrió golpes y quemaduras a manos de sus verdugos antes de ser ejecutado, y su cuerpo fue después colgado de las ramas de un árbol, como escarmiento.

El martes 4 de junio, el Congreso supo con estupor que había sido asesinado Melchor Ocampo. La asamblea votó por dejar fuera de la ley a Márquez. Había gente que exigía a gritos matar a los conservadores que permanecían presos, como represalia, por lo que la autoridad ordenó que fueran protegidos de la multitud por Leandro Valle. En esos momentos irrumpió en el Congreso don Santos Degollado. Solicitó a los diputados su autorización para ir, no como jefe, sino como soldado, a combatir a la reacción. Los diputados, conmovidos, le permitieron salir a batir a los asesinos de su bienhechor. Un par de días más tarde, luego de asistir al funeral de Ocampo, Degollado salió de la ciudad, sin hacer acopio de armas, en persecución de Márquez. Transcurrió poco más de una semana. Fue rodeado por el enemigo en el Llano de Salazar. Se rindió. Pero al bajar de su montura, don Santos, quien llevaba a su caballo de la brida, recibió un balazo en la cabeza, seguido por un lanzazo, por un tumulto de bayonetazos. Era el 15 de junio de 1861, un sábado.

Ocampo y Degollado acababan de morir por la causa de la Reforma. Para vengar su muerte, el general Leandro Valle dejó la capital el 22 de junio rumbo a Toluca. Al día siguiente fue emboscado y destrozado por Leonardo Márquez en el Monte de las Cruces. El general Valle era cadete del Colegio Militar al combatir, siendo casi niño, la invasión de Estados Unidos; era amigo del alma del general Miguel Miramón, quien a pesar de haberlo enfrentado durante la Guerra de Reforma le confió la protección de su familia al partir hacia el exilio en Cuba; era entonces el general más joven del Ejército de la República, diputado por Jalisco en el Congreso de la Unión, responsable de velar por la seguridad del Distrito Federal, donde acababa de salvar de ser linchados por las turbas enfurecidas a varios oficiales del ejército conservador, como el general Isidro Díaz. El día del enfrentamiento luchó como fiera durante cuatro horas —incluso con la bayoneta— antes de caer prisionero en el Monte de las Cruces. Esa misma tarde murió acribillado por la espalda, por órdenes de Márquez, en un paraje llamado Las Maromas. Tenía apenas 28 años. Su cuerpo fue vejado, colgado de los brazos en un árbol, con un letrero a sus pies que decía así: Jefe del Comité de Salud Pública. Aquel mes de junio de 1861, Márquez había liquidado, uno tras otro, a tres de los hombres más puros de México.

Pero la barbarie venía también del otro lado, el de los liberales. En aquel verano de 1861, después de derrotar a Márquez, Porfirio Díaz tenía inmovilizados a varios cientos de prisioneros en el atrio de la iglesia del pueblo de Jalatlaco. Entonces escuchó los gritos de su general, que era mitad liberal, mitad bandolero: el tlaxcalteca Antonio Carbajal. “Avanzó adonde tenía yo a los prisioneros amarrados y pretendió matarlos él mismo con su pistola, comenzando por el teniente coronel Azpeitia”, recordó luego Porfirio. ¿Quién era en el fondo Antonio Carbajal? Fue quien hizo posible la victoria de Jalatlaco, por su conocimiento del terreno, que permitió sorprender a las tropas de Márquez. Pero fue también quien unas semanas más tarde mandó ejecutar al general conservador Marcelino Ruiz Cobos, y luego decapitar, para después enviar su cabeza a la Cámara de Diputados —la cabeza del “gachupín ex general”, como lo llamó Carbajal—. ¿Qué hacía la cabeza del general Ruiz Cobos en un cesto frente a la Cámara de Diputados? Era al parecer una especie de regalo de Carbajal dirigido al antiguo adversario de Ruiz Cobos en Oaxaca, el entonces diputado Porfirio Díaz, quien estaba presente ese 7 de septiembre de 1861 en el Congreso.

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