Carta de viaje

Trabajadoras del hogar: luces y sombras

No todo lo relacionado con las trabajadoras del hogar son sombras: también hay luces.

En junio de 2011, la Conferencia Internacional del Trabajo de la OIT adoptó el convenio 189 y la recomendación 201 sobre las trabajadoras domésticas, que establecen derechos y principios básicos para quienes trabajan en el hogar. “El convenio 189 y la recomendación 201 son un tema de justicia social y dignidad”, afirmó ese año Michelle Bachelet, entonces directora ejecutiva de ONU Mujeres, hoy presidenta de Chile. “Son un esperado y amplio reconocimiento al extraordinario trabajo de millones de mujeres empleadas domésticas del mundo entero”. El convenio no ha sido aún ratificado por el Senado en México, como fue recordado estos días en el marco de la celebración del Día Internacional de las Trabajadoras del Hogar.

El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred) documenta que en México 90 por ciento de las personas dedicadas al trabajo del hogar son mujeres. El 95 por ciento no tiene acceso a servicios de salud por parte de sus patrones; 80 por ciento carece de prestaciones laborales; 60 por ciento no goza de vacaciones; 45 por ciento no cuenta con un horario fijo. Sus relaciones de trabajo son estamentales, no contractuales. No hay contratos de por medio: los acuerdos son siempre de palabra. Todo es discrecional. Por eso son víctimas de un trato desigual para acceder a sus derechos y viven situaciones que las hacen vulnerables a los abusos. El desprecio que siente la sociedad por su trabajo —un desprecio extraño hacia personas que normalmente conviven en un mismo ámbito familiar— está reflejado en estos nombres: sirvienta, criada, chacha, gata, micifuz.

Con base en cifras del Inegi, Ciro Murayama afirma lo siguiente: “de los 2 millones 276 mil 726 personas que trabajan como empleadas domésticas en el país, 21 mil no tienen percepciones salariales: trabajan a cambio de hospedaje o comida sin recibir pago. De estos trabajadores domésticos sin salario, más de 98 por ciento son mujeres” (El Universal, 1-04-2014). Ello contraviene, indica, la Ley Federal del Trabajo, capítulo XIII del título 6º, sobre los trabajos especiales, que entre los derechos de los trabajadores domésticos incluye la percepción de un salario (la alimentación y el hospedaje no pueden superar 50 por ciento del pago en efectivo).

Pero no todo lo relacionado con las trabajadoras del hogar son sombras: también hay luces.

La revista Nexos dedicó un número al respecto en mayo de 2012: “El mundo invisible del empleo doméstico”, al que llama “uno de los sectores más estigmatizados e históricamente discriminados de la población”. Hay varios ensayos en aquella edición de la revista: uno revisa la vida de una franja de la población sin acceso a la seguridad, otro señala la forma como la arquitectura discrimina y humilla a un sector de la población, otro analiza la falta de protección del poder Judicial a las personas dedicadas a estas labores, uno más recuerda el papel de la sirvienta en el cine mexicano. Pero hay uno que, sin desconocer la vulnerabilidad del trabajo doméstico, sin ignorar los abusos, da un paso fuera de la norma. Es al que me quiero referir: “Lo que el mercado valora”, escrito por Santiago Fernández, Emilio Gutiérrez y Laura Juárez. Con datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi relativa a 2011, los autores demuestran esto respecto a las trabajadoras del hogar: “Las trabajadoras reciben, en promedio, un salario mayor al que reciben personas con el mismo nivel educativo que se dedican a otras actividades”. Las trabajadoras domésticas sin primaria ganan más por hora (18.7) que las trabajadoras sin primaria dedicadas a otras actividades (13.9). Las trabajadoras domésticas con primaria ganan más por hora (20.0) que las trabajadoras con primaria dedicadas a otras actividades (16.1). Y las trabajadoras domésticas con secundaria ganan más por hora (23.5) que las trabajadoras con secundaria dedicadas a otras actividades (18.2). Los autores proponen varias explicaciones, pero todas ellas apuntan en la misma dirección: el trabajo en el hogar es en promedio mejor pagado que los otros, all other things being equal, justamente porque no está reglamentado, porque los empleados domésticos deben renunciar por lo general a las certidumbres y prestaciones que ofrece el trabajo formal. ¿Tendrían el mismo ingreso las trabajadoras del hogar si su relación de trabajo fuera contractual? Y si la legislación reglamentara ese mercado de trabajo, ¿habría el mismo nivel de empleo entre quienes son hoy trabajadoras del hogar?

ctello@milenio.com