Carta de viaje

Terrorismo antes de Cristo

Vivimos acosados por el auge del terrorismo, que los medios multiplican en imágenes que nos abruman. Pensamos que nunca como hoy ha sido tan intenso. Pero el uso del terror es muy antiguo, como lo muestra un pasaje que quiero recordar ahora, extraído del pozo de la Antigüedad. Esta es la historia, tal como fue narrada por Tito Livio en su libro Historia de Roma:

Es el año 509 antes de Cristo, los habitantes de Roma acaban de expulsar de su ciudad a quien hasta ese momento estaba en el trono con el apoyo de los etruscos, amos de Italia. Los etruscos le dan asilo con el objeto de recuperar el poder, para lo cual proceden a sitiar la ciudad de Roma. Los romanos atraviesan por un momento crítico: la transición de la monarquía a la república ha creado desorden y desconcierto entre sus habitantes, los cuales, sitiados en su ciudad, sin liderazgo, sin alimento para sus tropas, viven una situación especialmente difícil. Para remediarla, un patricio llamado Cayo Mucio decide sacrificar su vida a cambio de la de Porsena, el rey de los etruscos, quien dirige los ejércitos que rodean a Roma. Quiere con ello infundir terror entre sus enemigos.

Cayo Mucio acude al Senado para dar a conocer su intención de matar a Porsena. Sale con un puñal bajo la ropa, llega por la noche al campamento de los etruscos, donde ve a dos hombres de alto rango repartir sal entre las tropas. Sabe que uno es el tesorero, otro el rey, su enemigo. Cayo Mucio teme ser delatado por su ignorancia si pregunta cuál de los dos es Porsena. Así, abandonado a su suerte, mata a uno de los dos. Pero la víctima es el tesorero, no el rey. Los guardias del campamento lo detienen, lo llevan ante el tribunal, donde pronuncia estas palabras terribles frente a Porsena: “Me llamo Cayo Mucio. Soy enemigo y he querido matar a un enemigo, y no estoy menos dispuesto a recibir la muerte que estaba dispuesto a darla. No soy el único a quien animan tales sentimientos. Después de mí, otros muchos aspiran a este honor. Prepárate pues, oh Porsena, para combatir por tu vida en todas las horas del día, porque encontrarás un puñal y un enemigo incluso en el vestíbulo de tu palacio”. Acto seguido, para mostrarle a Porsena que no tiene miedo, Cayo Mucio coloca la mano sobre uno de los braseros de aceite que arden en el tribunal —y la deja calcinarse, insensible al dolor que la consume en el fuego. El rey Porsena, asombrado por aquel prodigio, no se atreve a matar a Cayo Mucio, quien entonces revela su plan, y le dice: “Trescientos entre la juventud más escogida de Roma hemos jurado tu muerte. La suerte me ha designado a mí ser el primero. Los otros vendrán a su vez, y sucesivamente los verás a todos, hasta que uno de ellos encuentre ocasión favorable para matarte”.

El rey Porsena queda tan aterrado, es de tal modo impresionado por las palabras de Cayo Mucio, que sin esperar más tiempo manda delegados con proposiciones de paz a la ciudad de Roma. El uso del terror ha sido eficaz.

El historiador Tito Livio, preceptor del emperador Claudio, fue uno de los artífices de la identidad de los romanos, en los años del auge del Imperio. En su libro sobre la guerra de los romanos contra los etruscos ilustra, con este episodio, el uso del terror para conseguir un objetivo. Pero también hace otra cosa: lo justifica. La historia del terrorismo, que es muy antigua, ha ido siempre de la mano de una ideología que lo justifica.

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